Originalmente publicado en FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTO:
Un tabú, o estimula un deseo o esconde un miedo
Categoría: Aforismos
por Ana de Lacalle en 27 noviembre, 2018 -aforismo publicado anteriormente- Privados de recursos mentales que simbolicen un propósito vital, solo nos resta el exiguo aliento de rebuscar entre lo sobrio y cotidiano algún “para qué”, suficientemente fascinante como para sustentar la ausencia de metarelatos creíbles.
“Solo aquel que desde su ‘siendo’ puede dejarse interpelar por su ‘ser’, alcanza esa dialéctica de la sabiduría, dolorosa tal vez, pero única vía hacia la claridad mental” Ana de Lacalle. Relatos y Aforismos. Célebre Editorial. Badalona, febrero de 2019. Nº120, pg.89 Los humanos existimos, para los otros y para nosotros mismos, desde la manifestación
Existir, solo estar, ejerce sobre cada uno de nosotros una implosión constante, que nos resquebraja, puliendo las grietas abiertas de una rabia incontenible.
Si el lenguaje es el pensamiento, o el pensamiento es lenguaje, quizás podamos atisbar por qué allí donde la Filosofía se tropieza y se queda muda, el poeta alcanza un más allá en esa manifestación lingüística de lo que queda tras el acontecer. Más que lamentarnos, deberíamos festejar que sea el poeta quien, en ese
Solo en el silencio, se percibe lo nítidamente relevante porque, lo que no puede ser eludido, resta bajo formas de permanencia insospechadas.
Desovillando amasijos de emociones, desnaturalizadas y mutadas, nos rebuscamos sin lograrlo; quizás porque tras estas nos guarecemos, inconscientemente, para no hallarnos jamás, urdiendo la legitimidad de nuestra confusión identitaria y nuestro oculto deseo de no vernos jamás.
Zascandileamos por el mundo, así como lo hacemos por nuestra propia existencia; no con la voluntad de enredar ni inquietar a los otros, sino en mera sintonía con el caos sistémico e interior del individuo en estos tiempos que parecen no transcurrir más que para reiterarse. Somos la reverberación de un sinsentido: una nada endémica.
La melancolía es la reminiscencia de lo que pudo ser; ya que, si hubiera sido, fluiría un grato recuerdo y un regocijo del que no querríamos prescindir.
Mientras el tiempo nos consume, restamos ignaros del desgaste que nos va disipando; hasta que súbitamente el espejo interior refleja un alma lacia cuyo devenir es la nada. Esto es la inconsciencia.









