Paradójicamente se espesan los bosques entre tantos incendios y el mundo deviene un caos inescrutable.
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Decidme una sola verdad y creeré que algo es posible
El amor es una osadía utópica para la naturaleza humana, cuyo espejismo satisface la urgente necesidad de acallar el vacío existencial.
Vadeamos, con zozobra, retos impuestos que devienen atolladeros asfixiantes: nos resta claudicar ante lo no deseado.
Los acontecimientos embotan la garganta, encogen el alma y no cede ni fluye el verbo, antes bien todo se antoja congoja equidistante –aunque no se reconozca-
El escarceo reiterado, pero sin convicción, por rastrear el interior, es una agonía inútil.
La alegación a la sensatez es el recurso desesperado al que se recurre cuando la racionalidad ha fracasado.
Las banalidades son, en último término, las cenizas que llenan la urna tras nuestra incineración ¿qué somos, pues?
Desde el infinito no puede avistarse nada de aquello que creemos necesario; seguramente no hay percepción posible tan solo aprehensión.
“Quien mal anda, mal acaba” dice el refrán, aunque deberíamos matizar hoy que existen diversas formas de “mal andar” y algunas te llevan a la cima.