Quien habla de justicia hoy, aparece como un cínico porque lamentablemente no se sabe ni por dónde empezar.
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Desmenuzar el tiempo como si, compuesto de átomos, pudiésemos recomponer algún acontecer es una ideación delirante, propia de quien ya no dispone de la percepción fina del transcurrir ni el devenir de las cosas y los hechos.
Una escuela llena de recursos innovadores, sin profesores que crean en el sistema que se les impone cómo el válido, es como un Happy Park a tiempo completo.
Ya que mediante los espejos nuestra imagen nos cuestiona ad infinitum, somos una sociedad de cristales transparentes.
La inquietud por entender y conocer nos lleva a resurgir del torbellino de la vida a la lectura reflexiva y viceversa. Un ir y venir continuo de lo oscuro a lo tenuemente conectado.
Hay malas hierbas que se infiltran tozudamente entre la yerbabuena para desvivirla y transformarla en ponzoña.
La vejez es esa etapa en la que ya no hay reconocimiento posible de uno mismo, porque lo relevante es tan nimio que tan solo espera no haberse desvaído llegado el último hálito de la consciencia.
Amamos con la inconsciencia de que lo amado nos pertenece, debe ajustarse y satisfacer las expectativas de cuanto consideramos que dejamos depositado y donado de vida en ese esfuerzo de amor “incondicional”. Pero el tiempo evidencia esa traición, a nosotros mismos, con una regurgitación agria de lo que nunca podremos poseer.
Abstenerse de catar una tentación aleja el riesgo de caer desplomados, pero alimenta es deseo de devorarla salvajemente.
La Justicia, como institución, ha perdido toda credibilidad por estar al servicio del poder político-económico. Si a esto sumamos la pandemia de la corrupción política, en todos sus sentidos ¿qué resta de legítimo que sustente que este sistema de gobierno es una democracia?