“Afortunado aquel que conserva un deseo y una aspiración porque podrá seguir pasando del deseo a la realización y de ahí a otro deseo, y cuando ese tránsito es rápido aporta felicidad, desgracia cuando es lento. Por lo menos no se sumirá en un estancamiento espantoso, paralizante, un deseo sordo sin objeto determinado, un abatimiento
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El deseo se adormece apático de ser frustrado o, por el contrario, se enerva al ser estimulado si se satisfacen una tras otra sus aspiraciones.
La manifestación reiterada de un deseo o querencia, que pueden tornarse en quejas o reproches, provocan en el otro una reacción airada y defensiva que denotan la firmeza de una voluntad exenta de cambio alguno. Será, tal vez, una ausencia de coincidencias, no identificadas pero sustanciales.
La tentación de disponer de cuanto deseamos nos desdobla inexorablemente en lo que aparentamos y lo que ocultamos.
Quien carece de deseo, adolece a su vez de la fuerza del vivir. ¿Implica esto que nos movemos solo según deseos? No, pero que sin ellos no hay posibilidad de discernir el querer que fundamenta el vivir.
La voluntad obsesiva puede focalizarse en fines perniciosos para el sujeto. Así, tal vez sea más destructiva una voluntad ciega que los deseos que siempre declinan su intensidad.
Abstenerse de catar una tentación aleja el riesgo de caer desplomados, pero alimenta es deseo de devorarla salvajemente.