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Alcanzar la lucidez sobre las cosas parece una quimera abandonada por la denominada era posmetafísica, aquella en la que denostado cualquier fundamento trascendente, se finge vivir COMO SI no los hubiera, de hecho. Es decir, afirmando la absoluta vacuidad de “algo” que pueda dar sentido externo al mundo, constatamos como a muchos se les desliza el discurso hacia supuestos que no dejan de ser metafísicos. Y es que es fácil teorizar sobre la nada, pero tremendo existir envuelto en ella.

Lo dicho no pretende argumentar más que la incapacidad de los humanos para inaugurar una era ciertamente posmetafísica. Podemos creernos postmodernos, hipermodernos, líquidos, pero no entiendo que los tintes de frivolidad que puedan caracterizar a estas calificaciones nos permitan, después de un análisis consistente, autodenominarnos posmetafísicos. Ya que, acaso no haya humano más hundido en las raíces de la metafísica que quien se enzarza apasionadamente en su contra.

Así pues, si la presencia de la metafísica no puede ser negada, tampoco el afán por lograr el último por qué sobre “las cosas”, esa lucidez que algunos sienten como catastrófica y sin vuelta atrás, y que otros entienden como el sosiego definitivo del alma. Prueba de que el mismo término “lucidez” es controvertido, porque se anuda al de verdad, y por ello la búsqueda humana sigue siendo en primer lugar metafísica.