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Los que hemos sido profesores, quizás solo algunos, no pretendo caer en generalizaciones siempre distorsionadoras, mantenemos una melancólica añoranza con el trato y la relación que tuvimos con los alumnos.

Cierto es que, con los años se difuminan rostros y nombres, pero no la experiencia que te proporcionaron esos adolescentes, que podían tener carencias como su nomenclatura indica, pero que poseían mucho de lo que los que ejercíamos de sus maestros adolecíamos, siendo jóvenes adultos al inicio.

La acción de enseñar y educar, cuando te sientes seducido por ella, te va moldeando para ser alguien con capacidad de proporcionar anclaje desde el cual los alumnos puedan ir desarrollándose con sustancia. Obviamente, te obliga a ser exigente con el alumno, teniendo en cuenta su punto de partida. Pero también comprensivo, para desde el lugar donde se halla debatiéndose con sus miedos ayudarle a avanzar.

Esto se visualiza a partir de sus intervenciones en clase y de los ejercicios escritos que va realizando. Mostrarle al alumno la corrección de dos actividades consecutivas le ilustra claramente su mejora o su estancamiento y los puntos reincidentes.

A la exigencia, debe seguir el reconocimiento del esfuerzo que cada uno haga, para recompensar ese acto de voluntad, e incluso de pasión por el propio  crecimiento y autonomía.

Ahora bien, no hay posibilidad de exigir y de demandar esfuerzo si el alumno no percibe en el profesor esos dos valores como estandartes de su propio hacer. Acaso la idea parezca ya enmohecida, pero solo lo está en su formulación teórica. Si cada uno de nosotros regresamos y traemos a la memoria profesores que tuvimos o compañeros de trabajo, ¿cuántos en realidad enseñaban y educaban de entrada con el ejemplo, sin necesidad de articular palabra porque su presencia era un testimonio de un saber vivir y un saber estar?

Por esta razón, me opondré siempre a cualquier  sistema educativo que solo admita la homogeneidad en la forma de educar y enseñar y menosprecie el carisma y el liderazgo que algunos profesores –pocos- pueden dar a sus alumnos como un tesoro único. Puede ser que los alumnos lleguen a ser autónomos y autodidactas, pero no seamos necios: los trabajos los realizan los más capaces, arrastrando a los que no quieren trabajar, no ya a los que les cuesta, y la percepción de los alumnos es que el sistema basado en el autoaprendizaje está pensado porque los profesores son unos vagos. Esta versión discrepante, también sale por esa voz de los adolescentes que tal vez veneran el sistema porque también reconocen que es más fácil aprobar y con menos esfuerzo.

Pero retomando el hilo inicial, los que hemos sido profesores, asumiendo el rol de quien debe enseñar, educar –en bachillerato haciendo que el alumno deba usar siempre algún libro complementario de bibliografía, no de texto- cuando ha dejado de ejercer y se reencuentra con exalumnos a los que difícilmente puede situar en el tiempo, siente que ha perdido algo que llenó su vida, aunque tuviera que vaciarse en el intento. Algunos alumnos pueden guardar un pésimo recuerdo, y me lo han dicho y el por qué –tal vez la forma de puntuar los ejercicios- otros indiferencia, y en otro grupillo agradecimiento. Pero sea como sea, personalmente, y no es decir por decir, y quien me lee sabe que no es mi estilo, me siento agradecida a cada uno delos alumnos que tuve: aquellos que me alegraban las clases con su jocosas intervenciones, los que me ayudaban a profundizar en las cuestiones planteadas, los que mostraban una actitud de reventar la clase a toda costa, los que necesitaron más dedicación pero mostraron una voluntad de hierro para aprender, los que siempre intentaban ponértelo todo fácil, los que vivían situaciones trágicas ante las que no supe actuar, aquellos a los que tendí la mano y les sirvió de resorte, a los que no me apercibí de que necesitaran ayuda y ningún profesor se apercibió. A todos, porque de ellos aprendí mis limitaciones, fracasos y mis posibilidades.

Acaso sea esa la razón de la melancolía que tiñe una añoranza añeja, el no haber podido ayudarlos a todos.