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Los formalismos encubren el alma de una cordialidad educada, pero que como impostación social impide discernir la veracidad que guarda. Así, todo formalismo o encuadre preestablecido que oriente las relaciones humanes las enturbia de una nebulosa de ambivalencia que difícilmente permite vislumbrar hasta donde llegar el decoro y hasta donde la veracidad de lo manifestado. Ninguna relación de este tipo puede generar un vínculo y por tanto un contexto reparador. El psicoanálisis peca de esta enturbiada ambigüedad por el afán de proteger emocionalmente al terapeuta.