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El retorno a este blog, al que tantas horas he dedicado, me remite paradójicamente a un cierto estado de torpeza propio de quien inicia un cometido absolutamente virgen. Intuyo que esta desazón resida en la convicción de que siendo algo más vieja y más cansada, no soy más sabia, sino, antes bien, me recubren el horizonte neblinas más espesas de las que nunca hubiera imaginado, haciendo de mí alguien más ignorante a medida que avanza.

Esa ignorancia es crucial, esencial, o sobre lo que suponemos que debería permitirnos comprender a los humanos -al margen de divagaciones sobre la sustancialidad de su naturaleza o no- al mundo que hemos forjado, al sentido de esta existencia de individuos que se auto extinguen huyendo de la asfixia de un vacío, que fingen llenar materialmente.

No sé más, solo he vivido algo más. Y parte de esa vivencia se ha llenado del horror de las Ramblas de la ciudad donde vivo. Al igual que años atrás nos golpeó la masacre de Hipercor y en Madrid los trenes de la muerte, llenos de vidas que se trocearon por una razón que sigue siendo incomprensible, desde mi perspectiva. De la misma manera que lo es cualquier guerra o dictadura violenta que arrasa vidas como quien barre basura de las calles. En Irak, Siria, Líbano, Palestina,…y tantos países de América Latina y África, donde además ven morir a sus hijos de hambre y enfermedades.

Por todo lo expuesto, me siento cada vez más ignorante, más incapacitada para la comprensión de lo inhumano, más mutilada.

Habría que guardar un silencio eterno por respeto a las víctimas que nuestra naturaleza antagónica y contradictoria ha provocado, reconociendo que no hay fundamento más allá de nosotros que legitimen las atrocidades que perpetramos. No hay pues ni mártires, ni redención, ni posibilidad de perdón divino.