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Tendemos a presuponer que aquellos con los que compartimos afectos y pensamientos en muchos aspectos de la vida, son siempre armónicos en todo parecer con nosotros. Cierto es, que la edad nos aleja con premura de esta tierna ingenuidad.

Los vínculos de amistad presuponen fidelidades que nada tienen que ver con las ideas, aunque claro está que nos relacionamos con personas próximas a nosotros en la visión del mundo. Nuestro afecto o amor al otro tiene la incondicionalidad que presupone la libertad, de acción, de pensamiento. En este sentido un amigo, que es una rareza, no juzga nuestra vida, sino que la respeta y la acompaña con amor. Lo cual no significa que esté conforme o moralmente identificado con lo que hagamos, sino que sabe distinguir lo hecho, o las ideas de la persona y quererla desde el núcleo que los vinculó y les llevó a concederse fidelidad eterna.

Por eso a veces las complicidades presupuestas en determinados aspectos que no han sido dialogados, nos dejan sin palabras. Definirse en relación a alguien, a un amigo que no ha franqueado la barrera de esa ingenuidad, nos lleva a decepcionar al amigo, a confundirlo, más si el contexto no permite el diálogo fluido, o por otra parte a sentirnos exigidos en lo que no somos y a ver coartada nuestra libertad.

Los vínculos emocionales cuando han sido sellados están por encima de avatares coyunturales, porque ningún individuo pacta con otro no pensar, no evolucionar y no crecer renunciando a su autodesarrollo.