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Dice el refrán que “no por mucho madrugar amanece más temprano”, pero ingenuos y, confusos por el tiempo interno, avanzamos la mañana para acelerar los días y con ellos los acontecimientos que deseamos descifrar con impaciencia. No hay mayor sufrir que la incertidumbre postergada reiteradamente, que no permite asentar el dolor sobre un motivo definido. Nos deja desamparados padeciendo en el aire por todo lo posible, un sufrir insufrible, sin otear el momento de iniciar el padecer asentado en lo sucedido.

Ansias de vivir lo que nos depara irremediablemente la vida. Para poderlo dejarlo atrás.