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La política democrática ya no se ocupa del interés general, sino de la lucha por el poder. El denominado bien común no es más que el temario común sobre el que glosan las campañas electorales orientadas a conseguir ese poder. No se trata por tanto de proponer proyectos posibles, sino que convenzan a los ciudadanos.

El poder es la guinda deseada por los políticos, conscientes de que una economía globalizada ha estrechado estrepitosamente el margen de acción de los Estados. Pero, a ellos les restan las mieles que comporta codearse y someterse sin ambages a los más poderosos.