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Si Pitágoras ya vislumbró en su teorema sobre el triángulo rectángulo una relación de proporcionalidad, fue porque debería por justicia y armonía reinar tal equivalencia en el mundo, como microcosmos. Pero, más allá de las teorías matemáticas o geométricas, de tantos, ni observamos proporcionalidad, ni equivalencias, ni por tanto justicia alguna, porque hace ya que sospechamos que tales atributos dependen de la mano humana y no del devenir cósmico. Y aquí es donde asumimos el caos y la impotencia. La mayor condena de los hombres, en contra de los deterministas que se zafan de la responsabilidad, es la libertad, porque es un ejercicio para el que no estamos moralmente preparados.