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Hallarse en la encrucijada, reducida por la cotidianidad a gestos banales, de conceder un perdón no demandado, o sostener el estoicismo ante quien parece reclamar afecto, sin apercibirse de que recurre a las piedras que gestó, es el calvario pertinente de quien permanece acompañando en la muerte a un ser egocéntricamente enfermo, insensible o quizás retorcido de sí mismo.