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Nos hallamos enredados  en una telaraña de confusión en la que la memoria sesga los hilos que podrían dar sentido y posibilidad de hilvanar algún relato. Miedos, desconfianzas, un agudo aguijón que envenena toda la amalgama de emociones, como si éstas hubieran sido  generadas desde la falsedad de todo cuanto creemos que nos es ajeno ¿Quién es quién? ¿Alguien es quien creemos que es? Al fin y al cabo, sea un delirio defensivo el que geste o no la realidad, ¿Qué certeza poseemos de la sinceridad del otro? Tal vez, porque mermada la esperanza, no queremos confiar, sino poseer certezas, y  esa es la mayor decepción, que no las hay. Y establecido esto, no cesaremos nunca de palpar entre las tinieblas, como zombis agónicos que no se resignan a morir.