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En este Estado, los ciudadanos al ser tratados como títeres ninguneados poseen la legitimidad de rebelarse por incumplimiento del contrato social, ese implícito que lega poder y parte de la libertad a las Instituciones. Pero, siendo pragmáticos, una rebelión que no esté orientada a la restitución de un poder político que garantice los derechos básicos, es un suicidio colectivo que nadie desea. Así, urge luchar para reconquistar lo legítimo, nunca por desaire o venganza desnortada.