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Arrullados por un atardecer conmensurable, renacemos, como el ave fénix, de las cenizas derivadas de la incineración existencial. Nada se nos antojaba posible y, finalmente,  lo más anhelado devino real.

Renegamos de esperanzas fútiles para resistir y persistir, por ello, desde el pesimismo realista detectamos con una fina sensibilidad lo que despunta por inusitado y especial: ese ocaso del renacimiento.