¿Es la enfermedad condición de posibilidad de la vida auténtica?

Analiza Lopez-Petit en relación al tratamiento que de “la enfermedad” humana realiza Nietzsche: “La dialéctica salud/enfermedad se hace más compleja, porque la gran salud no es más que la alianza entre salud y enfermedad, si bien desde la hegemonía de la enfermedad .La gran salud se confunde, pues, con la enfermedad, pero una enfermedad cuyo origen no es la impotencia, sino el exceso de vida. La salud, requiere asumir la enfermedad, dominarla y convertirla en estímulo para vivir. No hay curación si previamente no se está enfermo”

López-Petit, “Hijos de la noche” Ed. Bellaterra, Barcelona 2014,pg.61

Percibimos aquí, apuntada ya la noción de superhombre, porque si, como se deduce, la enfermedad es propia de la condición humana, solo podemos aspirar a identificarla para  aprehender su nexo con la salud y regocijarnos de esa cualidad humana para superarla, dominándola y revirtiéndola en la fuerza vital. Quisiera explicitar que el término que se aplica para hablar de la enfermedad en el pensador nihilista, se dice del espíritu y del cuerpo. La idea latente es la presencia de una voluntad que nos posibilita sostener todo tipo de dolor, afirmándolo hasta el final con el regocijo de poder vencerlo. Sin esta carencia humana, demasiado humana, no habría curación, es decir liberación de lo que ha sometido al humano, mermándolo y convirtiéndolo en un ser vacío.

Si no fuera porque el propio Nietzsche padeció enfermedades de diversa índole que condicionaron su existencia, diríamos que su discurso es la verbalización optimista de quien no sabe de qué habla. Pero, lo asombroso y relevante es que el pensador alemán sabía nítidamente lo que era sostener esa condición natural que es la enfermedad. Así, o bien concluimos que era un “loco”, o un “iluminado”, o tal vez que sin locura no hay iluminación posible.

Cierto es que, se nos presenta como un horizonte inasumible gozar de la enfermedad, porque solo así obtendremos “curación”. Esta última, en dialéctica con su opositora –la enfermedad- nos abre el camino, gracias a la fortaleza de la voluntad –a esa gran voluntad de poder- al desvelamiento de lo que constituye la auténtica vida. Sin embargo, no es propiamente humano, por limitaciones de nuestra condición, asumir nuestro estado enfermizo como una oportunidad de alcanzar la vida en su plenitud, cuando de lo que carecemos es precisamente de esa vida que percibimos mermada.

Apuntala López-Petit, recurriendo a Hegel que “El hombre solo puede salir de la desesperación si postula un fundamento de la autorrealización que él mismo es (…) el dilema es huir del Yo o querer ser este Yo”

Y, aunque desde la perspectiva nietzscheana, queramos afirmar el Yo, la exigencia de liberación y curación implica autoreconocernos como enfermos, limitados, vacíos para poder vivir de la única manera en que puede ser concebida la auténtica vida: como un ser que partiendo de sus carencias se supera a sí mismo, abandonando su condición anterior de ser simplemente humano: es entonces cuando la enfermedad no es más que un estado transitorio hacia la vida. Difícil tarea.

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