¿Son humanos los “anómalos”?

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La diversidad de dotaciones biológicas puede llevarnos a una percepción del mundo muy  particular –poco usual entre otros individuos- que condicione nuestra conducta, hasta el punto de mostrarse como una patología alocada. Pocas veces ahondamos en el mundo interior de los que actúan o reaccionan de manera nada convencional y por este motivo quiero invitar a la lectura de la obra de Temple Grandin, una mujer diagnosticada de forma poco precisa como autista, que  nos adentra en ese mundo nada vacío y repleto de intensidad emocional y perplejidad que constituye el espacio “cerrado” de aquellos que, en concreto, padecen el Síndrome de Asperger.

En el libro referido[1], el primero en el que una persona que  padece autismo relata su experiencia desde esa falsa “fortaleza vacía” de la que habló Bruno Bettelheim, el prologuista, Oliver Sacks, sacudido por la experiencia de convivir unos días y dialogar intensamente con Temple, afirma: “Aunque Temple sea profundamente distinta de la mayoría de nosotros, eso no significa que sea menos humana, sino que, más bien, es humana de otra manera”.

Esta aseveración que podríamos interpretar como un intento de rescatar a las personas con autismo del aislamiento social e incomprensión en la que viven, no cuestiona la intención de Sacks, pero sí espolea nuestra concepción del mundo actual, porque difícilmente se nos hubiera ocurrido sugerir que era menos humana, aunque sí una discapacitada, una enferma mental,…Por fortuna hoy, aunque quien de hecho los que se integran en la sociedad son los individuos ”normalizados” , no se nos ocurriría cuestionar la naturaleza de humanos de aquellos que por diversas razones tienen grandes impedimentos de integración. Algunas sociedades desarrollan recursos para facilitar la vida de estas personas, aunque sabemos que del todo insuficientes e inadecuados.

Pero la posibilidad de graduar la pertenencia a la especie humana según patrones culturales es monstruosa. Quiero creer que está superada y aunque parezca una simple cuestión de lenguaje, no lo es en absoluto, porque si consideramos a las personas que presentan anomalías como grados inferiores de humanos, estamos afirmando que su naturaleza les impide adquirir esa categoría –impregnada de connotaciones morales y políticas- y por lo tanto desahuciados e irrecuperables.

Retomando el propósito inicial invito a la lectura de libro para que podamos constatar que ser humano es ser inmensamente diverso, y que sin la aproximación a las vivencias de estas personas que catalogamos como “anómalas” difícilmente vamos a desarraigar de nuestro lastre cultural la idea de que son “como humanos”, sin llegar a serlo del todo.

[1] Temple Grandin, Pensar con imágenes. Mi vida con el autismo, Alba –editorial,Barcelona 2006

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