La paradoja de triunfar fracasando

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Fracasar es parecido a morirse: te libera tanto como morirte, solo que te deja la conciencia necesaria para disfrutar de esa liviandad, de esa falta de necesidad que tienen los muertos. Y te da la posibilidad de estirar hasta lo indecible tus últimas palabras. (…)Quizá deba llevar la coherencia de la frase hasta su fin y fracasar en decir algunas cosas: sería el último fracaso, el fracaso final. Pero llevar una coherencia hasta el fin es un triunfo y caería entonces en la contradicción. O sea: que para fracasar en serio, para fracasar incluso en la posibilidad de la coherencia, debería tener éxito en decir algunas cosas que solo el fracaso me permite decir; para empezar que no hay forma de no fracasar.

Martín Caparrós, Comí, ed. Anagrama. Barcelona 2013

Podría parecer que el escritor argentino en este fragmento deslumbrante, a mi juicio, no hace más que mostrar hábilmente un sofisma. Pero, lejos de ese uso retórico y hueco del lenguaje, Caparrós  compara el fracaso con la muerte por ser ambas una forma de liberación. Obviamente, y aunque  discutible para muchos, la metonimia funciona si nos atenemos a la descarga que supone el morir, cuando la vida es agónica; y en ese mismo sentido fracasar es liberarse de la presión competitiva del éxito, al que nos vemos obligados. Porque una vez que podemos desatender y relajar nuestro esfuerzo, al ser la consecución de nuestro fin un imposible, podemos sentir esa descompresión de la exigencia y la liviandad de no tener ya propósito que cumplir, al igual que un muerto. Ahora bien, el autor matiza algo relevante y es que mientras el morir es el fin, el fracaso nos libera y nos deja degustar ese estado de descarga, ese alivio que notamos al desprendernos de toda exigencia, que sea tal vez una necesidad de regodeo de la que carece el muerto.

No obstante, él mismo se apercibe que si la comparación es válida con su matiz incluido, entonces la coherencia de lo enunciado nos impediría formular cosa alguna sobre esa liberación del fracaso, ya que si es liberador debería –querer- fracasar también en el intento del decir sobre el fracaso –eso que él llama el fracaso final- Pero obviamente, si consigo ser coherente con lo constatado inicialmente habré tenido éxito –al ser coherente plenamente- y solo el fracaso me permite decir algo sobre él mismo, por lo que nos hallamos en la flagrante contradicción de que para fracasar debo tener éxito, al menos al final, en el último hálito, aquel que me permita constatar que no hay manera de no fracasar. O, en otras palabras, parece que estamos destinados al fracaso en cuanto el éxito, inclusive de hablar sobre el fracaso, ya lleva implícito el haber experimentado el propio fracasar, aunque pueda parecer un triunfo. Así ondeando en esta contradicción, o tensión entre el fracaso y el triunfo, nuestro final parece la encarnación del fracasar en toda su plenitud.

El fragmento constituye una reflexión honda, sobre un aspecto del fracaso que experimentamos, pero que no osamos decir; y es que la presión de triunfar nos infringe un sufrimiento que nos lleva a querer el fracaso para sentir esa descarga, ese descanso, que al ser dicho nos lleva al triunfo de formular coherentemente qué implica fracasar. Eso que yo denominaría la paradoja de triunfar fracasando.

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