La agresividad

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La agresividad es una condición innata con vistas a la supervivencia –cuestión que por obvia no analizaré- Pero, también es cierto que, su intensidad se ve aumentada o disminuida por lo que denominamos la experiencia; a saber el conjunto de sucesos revestidos emocionalmente que conservamos como recorrido vital en nuestra memoria. Naturalmente, la cultura ejerce un papel definitivo en la forma en que configuramos ese cúmulo experiencial. Y la manifestación o inhibición de lo agresivo que se oculta en nuestro interior aflora según las situaciones en las que nos encontremos y con formas de expresión diversas.

Así, no es lo mismo referirse a la violencia física que a la verbal. La primera constituye a menudo una incapacidad de inhibir impulsos culturalmente reprobados y acostumbra a comportar algún tipo de sanción, ya sea social o legal. La segunda, la verbal, por su parte puede desatarse de manera enfuriada o bien expresando aquellos sentires en forma de reproches, que aunque para el sujeto que los profiere puedan constituir su verdad, para el receptor pueden ser percibidos como una agresión.

Aquí entramos en una  cuestión controvertida y algo difusa, en cuanto la agresividad verbal es de naturaleza subjetiva –se sobreentiende que excluimos insultos y faltas de respeto que despejarían toda duda sobre la intención del sujeto- ya que tanto aquel que manifiesta su parecer en relación a un suceso o acción ajena o el destinatario de esa comunicación captan lo ocurrido filtrados por su experiencia anterior y por el contexto cultural que comparten, o no. Cuando quien se expresa cree compartir una  verdad que ha ocultado durante tiempo  en relación a cómo incorporó determinada experiencia, el receptor puede sentirlo como un ataque solapado o recriminación que le genera una inmediata sensación de estar siendo agredido. ¿Qué hay de verdad en lo dicho? ¿Qué hay de agresión? ¿Qué hay de voluntad de reparación, comprensión y reconciliación? En sí mismo, nada se muestra blanco o negro, y como ya hemos sostenido la agresión se produce en dependencia de la voluntad de uno y de la capacidad de escuchar y comprender del otro.

Si uno cobija resentimiento es fácilmente comprensible que sus palabras sean beligerantes como mínimo; si el otro carece de capacidad de empatía y de autocrítica también es probable que todo desvelamiento sea percibido como una agresión tardía y descontextualizada que carece ya de sentido.

Pero, lo más posible es que ambos posean algo de verdad en lo que manifiestan. Uno su experiencia como legitimadora del daño sufrido, el otro el resurgimiento de algo extemporáneo que para él no constituye ya problema alguno y percibe, por tanto una intención agresiva en su “acusador”.

Ahora bien, quizás deberíamos considerar que la verdad posee siempre un sustrato compartido, la sucesión de hechos y de conversaciones que se intercambiaron en el origen del ocultado conflicto y que con buena voluntad por ambas partes puede ser escudriñado y puesto en escena, para distanciados de lo acontecido podamos, con la perspectiva de los años, valorar qué sucedió y en qué erró o juzgo prematuramente el uno del otro.

La verdad, aun constituyendo una aprehensión subjetiva del mundo siempre conecta a aquellos  que han participado de ella, en alguna medida; es un sustrato compartido por los que vivieron desde una perspectiva u otra esa conexión inexorable que genera el rastro de lo auténticamente acontecido.

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