Embaucados, pero ufanos

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Disponiendo de todo cuanto, de facto, hay, simulamos domeñar el mundo como si este no opusiera resistencia alguna. Pero este dolo, perpetrado y erigido bajo el supuesto de nuestra razón ilimitada, se desvanece ante el contraste empírico que nos desenmascara, mostrándonos como entes mediocres y sometidos –a su vez- al deseo egoísta y a la busca ansiada del placer. El cual nos figuramos conquistar mediante el regocijo de las pasiones, que por el contrario si se hallan desbocadas nos desestructuran y desnortan. Movidos, así,  por lo racionalmente indeseable, nos vertebramos en esa tensión y distensión interna que caracteriza nuestra condición y nos hace tan vulnerables como el orbe que fingimos subyugar.  Y es que si los humanos no contuviéramos en nuestra naturaleza sentimientos, emociones o pasiones seríamos robots limitadamente programados, de tal forma que nuestro ser emocionales deviene simultáneamente nuestra fuente de dolor y nuestro preciado surtidor de satisfacciones, que a base de adiciones genera en nuestra conciencia una suerte de imaginario estado de felicidad.

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