De mayor quiero ser un ciborg

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El pasado cinco de octubre aparecía en La Vanguardia un reportaje sobre Neil Harbisson, el primer hombre reconocido oficialmente como ciborg. Nació, según explica el diario, con una alteración congénita que le reducía la visión a escala de grises. Así que en 2004 buscó una solución radical, implantarse una antena en el cráneo con un chip integrado que convierte las ondas de luz en frecuencias de sonido, de forma que capta a través de las vibraciones más colores que cualquier ser humano, incluidos la luz ultravioleta y los rayos infrarrojos. Hasta aquí sorprendente como ya constatamos en su momento.

Pero Harbisson, no satisfecho con esto, se ha implantado y prevé seguir haciéndolo tecnología en su cuerpo para mejorar sus capacidades. Dice sentirse un ciborg y aduce que cada vez más el hombre podrá decidir a qué especie quiere pertenecer. Esto incluso, defiende es más benéfico ambientalmente porque en lugar de cambiar el planeta, nos cambiamos a nosotros mismos y eso nos permitiría prescindir de tecnología externa que hoy es altamente contaminante.

Prescindiendo de sus argumentaciones en relación al cambio climático, que habría que contrastar muy rigurosamente ya que no resulta nada obvio, yace en esta historia un problema de fondo que está hoy en boga, a saber: el tránsito del humano al transhumano y finalmente al posthumano. Dicho de otra forma, el proceso que se defiende desde algunos ámbitos de los poderes económicos -legitimado por ideologías que se aspira a inocular en los individuos- de transición de ser el humano que somos –si es que alguien es capaz de decir quién o qué somos- a un híbrido de biología y tecnología que paulatinamente irá convirtiéndose en un ciborg. Esto no solo porque suponen que nos mejora como especie, sino que alargaría nuestra vida hasta rozar la inmortalidad.

La primera objeción la haría al concepto de mejora. Deberían explicitar que ese supuesto avance no se mide desde una perspectiva ética orientada a terminar con la pobreza y el hambre en el mundo, tampoco por supuesto con las guerras. Parece ser que eso no es asunto suyo, sino que esa élite egocéntrica y narcisista se afana por perpetuar a humanos de un estatus económico muy determinado. La mayoría de personas que pueblan la tierra no merecen, según vemos atendiendo a su praxis, la categoría de humanos. Su proyecto posthumanista está pensado para una élite que si ahora ya subyuga a la mayor parte del planeta, imaginemos cuál sería el futuro de los humanos sometidos a los fantásticos ciborgs.

Trascendiendo dicha objeción, creo que siento pena. Una tristeza sustentada en la constatación de que cuándo aun no hemos dado una respuesta satisfactoria a nuestro existir y nuestra condición de humanos,  ya estamos obcecados en mutarnos hacia nos sabemos qué horizonte, porque quien desconoce su ser no puede proyectarse con criterio alguno. La tragedia es que hay quien solo se rige por el ansia de poder sobre todo cuanto le rodea, y visto así seguramente generar una élite de ciborgs para doblegar absolutamente al resto de habitantes del planeta, es una buena estrategia para consumar hasta la cima ese poderío.

Me ha causado también estupor la creencia subyacente a toda esta historia, cada vez más lejana a la ciencia ficción, de reclamar como un derecho ser un ciborg. Habitamos una cultura que solo sabe proferir una verborrea sobre los derechos, aunque los de la mayoría se violen continuamente, sin entender que siempre van asociados a  deberes. Acaso porque de los derechos disfruta una minoría que ciertamente entiende poco de deberes políticos y con sus congéneres.

Como decía Superman –y nunca pensé que citaría a este superhéroe- un gran poder exige una gran responsabilidad, exigencia de la que nada parecen saber aquellos que lo concentran –porque dominan la economía-  Además, se me antoja surrealista, que alguien pueda reclamar el derecho a ser quien no es, porque en sentido estricto somos lo que somos –aquí cabe cualquier diversidad humana- y eso no depende de un contrato social que conceda contraprestaciones. Los derechos si son concebidos como naturales no contemplan la mutación a petición propia como una posibilidad; y si son positivos se refieren siempre a la regulación de las relaciones sociales, entre ciudadanos, y de estos con el Estado, así como al ejercicio del poder por parte de este.

Hace unos días hablaba, creo recordar, de la sociedad desquiciada. Allí donde la mayor parte de la población pasa apuros para cubrir sus necesidades básicas, parece que las prioridades han cambiado y que nos urge más elegir el género, el sexo, el tipo de familia, los cambios de roles sexuales –importantes, no lo negaré yo- el tipo de dieta para convertirnos en veganos, vegetarianos, no decir el nombre de animal alguno en vano, antes que garantizar la supervivencia y la dignidad de la vida de muchísimos humanos –esa con la que algunos no saben qué hacer para llenar su vacío- considerando que el 1% de la población mundial acaparó el 82% de la riqueza generada en el año 2017 o expresado de otra forma 26 millonarios poseen la riqueza de 3.800 millones de pobres[1].

Ante estos datos abrumadores me pregunto ¿No te molaría más ser pobre que es más barato?

[1] Oxfam Internacional

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