Esperpéntico

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La estancia se extendía a lo largo de unos trescientos metros cuadrados en forma rectangular y alargada. Sus habitantes solo ocupaban la mitad del espacio, separando la zona habitada por medio de una puerta ocluida, como si de un intestino se tratara el conjunto, que permitía su desbloqueo a voluntad.

Pero, cierto día a raíz de un festejo multitudinario que celebraban los propietarios, se les ocurrió ampliar el espacio al resto de la mansión para disponer de más rincones de charla y de sanitarios.

Cuál fue su sorpresa al constatar que el vecino había ocupado la última habitación, que incorporaba una terraza nada desdeñable, y aparte de almacenar materiales de su negocio, había destinado la zona usurpada para oxigenar los lugares –más teniendo en cuenta la mencionada galería adosada- que podía ocupar su hija: una persona recluida en el cuerpecito de un bebé de por vida, conectada a tubos y siempre semi-estirada. Era como la nemésis encarnada con toda la crueldad posible urdida por un destino implacable que reverberaba la culpa del padre okupa.

Así como, la desambiguación de las acciones paternales pasadas eran castigadas con el puñal clavado que desangra, la reacción de los propietarios fue contundente: desaloje inmediatamente esta zona que no es de su propiedad, sino de la nuestra, como suya es la criatura que utiliza para legitimar su delito.

Ni el padre clamó piedad y compasión, sino se destapó con inculpaciones y exigencias poco pertinentes, ni los dueños de ese espacio mostraron indulgencia alguna. En silencio, la niña-bebé aguardaba su destino en manos de aquellos cuya verborrea de besugos producía una situación esperpéntica.

Acaso ambos descargaban su culpa en el otro, huyendo como ignorantes –siendo de hecho cobardes- de la carga de responsabilidad que les correspondía en el despropósito fatídico de sus vidas. El padre incapaz de reconocer en aquella criatura su culpa, los propietarios vertiendo la rabia de su estupidez y fatuidad vital en la disputa por un habitáculo que, aunque suyo, había adoptado la forma de vida de su habitante estelar: aquella persona enclaustrada en un cuerpo de bebé que apenas vivía y cuya contemplación del sol y la estrellas en aquel mirador privilegiado era el resplandor único capaz de emocionarla; transitando el resto del día con un rostro hierático e insensible, como ese fado inaprehensible que sin faltas propias la había condenado al ostracismo mortal.

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