Precariedad y Carencia

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La precariedad y la carencia han sido cuestiones frecuentadas en mis artículos implícita o explícitamente. Pero, tal vez no he incidido frontalmente este binomio que tiene diversos aspectos, aunque un factor común: la necesidad.

Sobre el término necesidad la RAE recoge tres acepciones que están nítidamente vinculadas con su origen etimológico latino: de necesse, inevitable. El término latino deriva del prefijo ne -no- y del verbo cedere –parar- es decir “algo que no para”[1], por eso es inevitable-. En esta línea, la RAE recoge, entre otros los siguientes significados:

  1. f.Impulso irresistible que hace que las causas obren infaliblemente en cierto sentido.

  2. f.Aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir.

  3. f.Carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida.

Recopilando los mostrado, vemos que la Necesidad incluye un impulso irresistible hacia cosas que son menester para la conservación de la vida y de lo que no podemos sustraernos, es decir algo que no cesa de reclamar su satisfacción.

Decíamos al principio que ésta es común a la Precariedad y a la Carencia. En relación con la primera estamos haciendo referencia a condiciones de vida que no satisfacen las necesidades básicas para sobrevivir y a las que no podemos renunciar. Los que se hallan -los muchos- bajo estas circunstancias quedan legitimados a desarrollar artimañas para sostener su existencia, en una sociedad que los ha llevado a la cuneta de la exclusión. La aplastante mayoría de personas que malviven así no son directamente responsables de su situación, sino que el entramado de causas que los han abocado a ese infierno son tan complejas que, casi requeriría para no faltar a una cierta fidelidad de lo acontecido, desmenuzar caso por caso y cuestionarnos ¿cómo hubiera sobrevivido yo en esas circunstancias? Esa pregunta es crucial para ponerse en el lugar del otro. Aunque el capitalismo liberal más salvaje tienda a hacerlos culpables de su situación por falta de esfuerzo y voluntad. Y algo de eso subyace en nuestra percepción de esos grupos marginados.

Por otra parte, la Carencia puede referirse, a parte de a bienes materiales de los que ya hemos hablado, a la satisfacción de las necesidades afectiva y emocionales básicas. Cierto es que virus -aprovechando la sensibilidad del momento- puede parasitar en cualquier individuo, sea de la clase social que sea, pero también lo es que la incidencia en las familias que además padecen precariedad es más alta. Y esto por una razón muy clara: quien no puede ni dar de comer a sus hijos, bastante urgencia tiene, y en muchos casos carencia cultural, como para que le quepa en su mente alguna necesidad de sus hijos que no sea lo material. Seguramente muchos padres y madres caen exhaustos en sus catres, cuando ha pasado un día más en el que han garantizado alimento a sus hijos. Las formas a veces no son legales, pero tal vez sí legítimas. Tendríamos que volver a particularizar.

En cualquier caso, la clave del asunto es que tanto la precariedad o penuria, como la carencia o falta de afecto son puntos de partida nefastos para el futuro de muchos niños que nacen bajo condiciones muy adversas y difíciles de remontar. La mayoría reproducen en sus actos y descendencia los patrones en los que se han educado.

Me irrita sobremanera el recurrente recurso al término resiliencia, porque es una excepción minoritaria de la norma. Ensalzar que la voluntad y el coraje de algunas personas pueden cambiar tu destino es reforzar consciente, o inconscientemente, la tesis de que quien se halla bajo tales turbulentas tormentas es por responsabilidad propia, ya que bien que algunos pueden zafarse de esas situaciones y no repetir la historia.

No creo que haya demasiados teóricos que defiendan que el origen socioeconómico de las personas no es un factor bastante determinante de sus posibilidades y alternativas futuras. A esto durante los años setenta del siglo pasado se lo denominó ambientalismo, culturalismo y se vinculó a ideologías de izquierda. Creo que algo debemos haber aprendido de la historia y que estos hechos, que pueden contrastarse con datos en cualquier investigación sociológicas, no son esclavos de ideologías.

Sobre la carencia y la necesidad en contextos de bienestar económicos deberíamos recordar las sabias directrices de los griegos, de los que si los leyéramos bien podríamos aprender mucho, como por ejemplo que la vida austera es la que no necesita lo que, de facto, no constituye tal cosa. Que aprender a no desear lo no que no necesitamos, reto harto difícil en una sociedad de consumo, es la forma más sosegada y “feliz” de vivir. Es el deseo de lo prescindible, y no el querer lo esencial, lo que nos condena a la infelicidad.

Esta reflexión que he apuntado de forma sucinta en el último párrafo daría para muchas páginas, que no descarto abordar a partir del legado de Epicuro y de Zenón, por ejemplo.

[1] http://etimologias.dechile.net/ Diccionario de etimología chilena. La única entrada consistente, teniendo en cuenta de que no disponía de un diccionario etimológico de español a mano.

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