Pérdidas inevitables

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Las pérdidas son de una fisonomía supinamente elástica; sus manifestaciones eclosionan mediante rasgos dispares y diversos, hasta el punto de que tenemos dificultades para reconocerlos como síntomas o réplicas de una misma y única realidad: esa falta o carencia de lo amado e indispensable.

La ausencia de lo extraviado puede horadar el alma, dejando tras de sí un vacío irreparable; repleto como máximo de una melancólica tristeza que añora, anhela lo irrecuperable. Así, lo perdido se sostiene presente mediante esa ausencia dolorosa que ya no reporta nada benéfico, porque siempre es recuerdo de lo que era, y ya no es.

La existencia es, un largo y continuo, devenir y partir de relaciones humanas a las que nos apegamos con hilos de grosores diversos. Las hilachas más finas no dejan huella, ni rastro con el tiempo, porque nuestra memoria es fundamentalmente emocional, y así transitan brevemente muchos que desaparecen sin constituir, en sí, una pérdida.  Por su parte, las hebras tienen mayor consistencia y, sin ser necesarias, recalan inesperadamente en nuestro sentir con alegría y alborozo, que sustancia los días que permanecen a nuestra vera. Por ello, percibimos una estela tras la cual acudiríamos prestos, cuando se ausentan, porque han llenado un espacio notable de nuestro interior. Hay tras ellas recuerdo, pero no dolor inmarcesible, sino un guiño cómplice que tributa un reconocimiento especial a esas personas. Finalmente, las pérdidas filamentosas son por naturaleza incurables, ya que la aflicción que generan se transforma en llagas que nos reconcomen; a veces por no haberlas valorado justamente mientras yacían a nuestro lado, otras por no apercibirnos a tiempo de que estaban destinadas a transformarse y distanciarse, porque su naturaleza así lo exige.  Por último, hay pérdidas que se muestran como carencias absolutas, porque siendo imprescindibles nunca estuvieron presentes; y esa ausencia de oxígeno vital nos condena eternamente al desamparo y a la soledad que emana de ese vacío irremediable que mencionábamos al inicio.

Lo sustancial reside -a pesar de todo-, y asumiendo que las pérdidas son recurrentes en la existencia, en si hay forma de metabolizarlas sanadoramente para que constituyan un quiebro más en nuestro proceso realista de sostenernos vivos. Quizás, más que de la pérdida en sí,  depende de la estructura emocional del sujeto que las padece, y, en ese sentido, hay quien las reabsorbe con más naturalidad que otros, para los cuales esas ausencias constituyen su muerte mental. Ya que donde no hubo siempre resta la falta, el anhelo de lo exigible y merecido, la negación del valor del sí mismo del sujeto descuartizado.

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