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Realismo y Nihilismo (texto revisado de 2016)

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Me deleitaría estar siempre acompañada de un Sancho Panza. Ese hombretón todo honradez, de baja estatura, que se arrastra tras quien considera que no se halla en su lugar, por compasión; intentando con paciencia y un chorreón de realidad, bajarlo al terreno donde se dirimen las cosas cotidianas, para que el otro no muera de irrealidad metafísica.

Sería un honor que Sancho me estirara del brazo, para frenar mis arrebatos de soberbia, para esparcir con un aerosol prudencia sobre mis labios y, sobre todo, para que descienda del punto trascendente en el que la nada me ofusca -tiempo ese baldío y fútil- y sea capaz de solidarizarme con los que aún lidian con lo urgente.

Dotarme de sensibilidad para dejar que lo importante se imponga con su cadencia natural, en esas mentes realistas, que son un contrapunto imprescindible de las mentes que se elevan  transgrediendo el límite de lo razonable y posible.

No quiero un Pepito Grillo que me perfore los tímpanos; quiero un Sancho que amablemente, aunque me tome por loca y vea molinos en lugar de amenazantes gigantes, sea capaz de dialogar sobre las discrepancias y aceptar mis decisiones. Así, podremos discurrir sobre en qué consiste  una perspectiva del mundo u otra y si deberían convivir juntas, o de aquello que más allá de cualquier cosmovisión sea una cuestión de justicia –universal hay que sobreentender-

Solo queda un problema nada menor, y es si existe esa supuesta justicia absoluta reconocida universalmente. Pero esto, querido Sancho no dará para mucho debate, porque si la hay, será obvia. Si no la hay, todo serán disputas. Conclusión, no hay universalidad de valores, todo es un diferir continuo. Yo, como Ana, te diría: “Sigue, Sancho, arramblando hacia lo terrenal, sabiendo que ni lo concreto es diáfano. Estamos en un mundo donde los molinos son gigantes simultáneamente sin contradicción”.

Quiero un Sancho, aunque sea hipermoderno –posterior a la postmodernidad- que me tironee de la aspereza vacía para entre los entresijos cotidianos, buscar lazos conectados entre lo terrenal y lo que no puede ser fundamento (la nada)

Quizás, la exigencia resida en la búsqueda de un sentido intrínseco al vivir actual, en unas determinadas condiciones. Tú, Sancho, defiende tus molinos porque no hay sentido extrínseco. Otros ya embadurnados de nihilismo, defenderán el vivir hoy; porque aunque la existencia en sí no sea más que el viviendo o el malviviendo mismo, hay condiciones necesarias para querer la vida de las que no todos disfrutan.

Aquel que siempre fue realista, hoy no puede dejar de ser  más que nihilista. Si pudieras Sancho recorrer con tu Rucio este infierno, tal vez tu Hidalgo deslumbrado no tardaría más que breves jornadas en caerse de su Rocinante; famélico, derrotado y desolado el caballero andante, te verías forzado a recogerlo como un deshecho mentalmente desnutrido de desilusión y superado por la realidad, la cual es ciertamente excesiva.

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