Cadenas

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Oír cómo se quiebra el acero de las cadenas que nos maniatan las manos, los pies y, con ellos, la voluntad, que anhela sin satisfacción posible, es como un éxtasis; pero este arrobamiento puede confundirnos, porque tras la desaforada lucha por la liberación de las lianas materiales, las emociones pueden ser un exceso falaz.

Deshacerse de los grilletes es un acto de materialidad que no constituye más que un punto de partida, una posibilidad a partir de la que debemos volver a batallar.

¿Quién puede considerarse libre tan solo por haber sido desatado? ¿No se halla ahora ante un vacío que resulta abisal? Si esa libertad no ha fluido de la voluntad se enturbia en una neblina espesa que dificulta la elección de su objeto. Estar ligado, y desear materialmente poder campar sin sujeción alguna no es más que una reacción material frente a la inmovilidad a la que se nos ha condenado. Mas no implica auténtica voluntad de libertad. Esta, que denominaríamos libertad interna, es la condición necesaria de la libertad externa, porque si soy yo o mi voluntad quien quiere tengo la posibilidad de actuar en coherencia, pero si no soy yo quien elige lo que quiere ¿bajo el dominio de qué voluntad actúo?

No se nos escapa la exigencia de clarificar, aquí, los términos querer, deseo y voluntad. Así la voluntad es la facultad de determinar su objeto. Este último puede ser la satisfacción de un deseo irrefrenable o la resultante de un acto de racionalidad que intente discernir lo que es bueno querer o no para mi propio bienestar – esto en absoluto excluye al otro a priori, ya que mi bien podría pasar por el bien ajeno-. Así el deseo es pasión y el querer resultado de la racionalidad. La cuestión es que, sea lo que sea que quiera mi voluntad, para considerarme libre debe ser un objeto determinado tras un discernimiento, el cual puede, en una circunstancia concreta, arribar a la conclusión de que lo que me beneficia, por diversos motivos, es dar rienda suelta a mis pasiones y deseos, siempre teniendo como límite la voluntad ajena -obviamente-, y en otras inhibirlas en pro de algo considerado mejor.

Creo importante señalar que la tradicional oposición entre deseo y querer no puede considerarse, teniendo en cuenta la experiencia, algo tan sumamente alejado y nítidamente distinto. El querer, aquello auténticamente querido, debe estar embadurnado de pasión, porque esta es el motor que impulsa hacia él, y por la cual gozamos realizando, estando con lo que queremos. Sin pasión y deseo nos asemejaríamos a máquinas, como muchas obras distópicas han preconizado. Por otro lado, si solo fuésemos deseo y pasión, sin el auxilio de la razón, en nada nos distinguiríamos de nuestros ancestros que actuaban por instinto y por las leyes de la supervivencia darwiniana. Pero está claro que los humanos no solo queremos subsistir, sino también dotar de propósito y sentido a la existencia para que sea lo más plena posible, destacando que nuestra gran diferencia con el resto del reino animal es el desarrollo del cerebro y la capacidad racional de la que este nos ha dotado.

En consecuencia, aunque Pascal se apercibiera de que el corazón tiene razones que la razón no entiende, estamos llamados a reconciliar al máximo unas “razones y otras”, para que nuestra existencia humana, la vida, sea posible.

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