UN ENTE CONFUSO

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Desde mi atalaya del paraíso celestial, observo a los humanos: matanzas, injusticias, pobreza, explotación, …realidades erigidas desde el egoísmo, el ansia de poder, y la búsqueda del bien particular que creen que exige la acumulación de riqueza, porque solo esta otorga poder. Algunos actúan en nombre de un falseado interés general que siempre excluye a unos cuantos; otros en nombre de mandatos divinos y morales inhumanas. Finalmente, son toda una homogénea masa que acaba exterminándose entre sí.

Yo era uno de ellos, hasta que mi caducidad corporal me deterioró hasta la putrefacción. Mi materia entró en descomposición. ¿Quién habla ahora? No puedo responder a esa pregunta porque no poseo la respuesta. Sé que no puedo cesar de pensar, indagar, cuestionar y que lo sigo haciendo, desconociendo desde dónde —lo de la atalaya celestial era un recurso metafórico—, cómo qué. Solo puedo deciros que la agonía no se acaba con la muerte corporal y que, sin hallarme en lugar físico alguno, estoy, sigo discurriendo repetitivamente. Quizás, lo peor ahora, es que me siento ajeno a cuanto puedo observar de vosotros, impotente, pero más lúcido que antes, y, por ello, culpable de haber contribuido a tal desaguisado terrenal.

Oigo pasos que indican que alguien, mortal como vosotros, se aproxima. Sé que entrará, me dará una ristra de pastillas avalado por su bata blanca y su conciencia le dejará dormir plenamente sosegado. Dicen que mi discurso es síntoma de alguna patología mental que no saben identificar. Pero ellos desconocen que yo los veo cuando no están en mi habitáculo, que oigo sus conversaciones y conjeturas. Aunque desconozco cuál es el cuerpo al que medican, porque como ya os he dicho Yo no estoy aquí, a pesar de que vivencie el acontecimiento como si estuviera, también lo contemplo externamente. Un cuerpo, en el que no me reconozco, y un sujeto que, poseyendo autoridad sobre aquel, lo mantiene aislado y le proporciona esas drogas que lograrán que se detengan sus delirios. Es obvio que, a mí, quien quiera que yo sea no me afectan.

Parece que la historia se repite: los parámetros de la normalidad se establecen a partir del sometimiento al encorsetamiento del sistema social y político, y aquellos que se desvían son los locos. Aquellos cuya mirada es tan cristalina y trasparente que ve, y esa es su mayor enfermedad.

Ignoro qué ha provocado que identifiquen a ese cuerpo, que no es el mío, con mis divagaciones, y lo lamento profundamente por él. Mas seguiré clamando las verdades que aprehendo porque ya no formo parte de vosotros, y ahora mi naturaleza me impele a ser esa voz que declama y proclama en el desierto.

Me comprometo a revelaros cuanto sea capaz de averiguar sobre mi tipo de ser en estos momentos. No con el propósito de que creáis que tras la muerte corporal pasaréis a ser eso que soy yo, ahora. Siendo sincero mi verborrea es un monólogo, porque no me he encontrado con nadie que se halle en este estado de indefinición y quién sabe si transición hacia algún lugar. Os ruego que si algo de lo que digo os resuena en el interior, seguid vuestro pálpito o vuestra intuición, porque probablemente significará que algún tipo de conexión mantenemos, y esto puede ser crucial para el porvenir de la humanidad.

Plural: 8 comentarios en “UN ENTE CONFUSO”

  1. L’insoluble choix du bien et du mal qui au départ tirait à l’équilibre des plateaux de la balance
    Mais c’était jouer avec l’intrusion de la foi divine multiple qui rompait l’équilibre par la rivalité des croyances. L’homme en e mettant aux manettes n’a vu que son intérêt matériel et rien du sacré de toute foi…
    N-L

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  2. Muy buena entrada; desde algún lugar…!! Debes haber visto que no son “muchas batas blancas” las que ingresan por el Pórtico…¿no? Como decía Borges “no nos une el amor; nos une el espanto”. En este caso la parabola…de una sociedad desquiciada que hacia su propia destrucción; y lo peor es que es consciente de ello. Un bello domingo. Un cálido saludo.

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  3. Estimada, Ana.
    Un texto impresionante.
    Te escribo ataviado con una bata blanca, realmente pijama, y una bandeja en las manos cargada de pastillas de colores. Incluso, alguna vez, he cuidado a personas etiquetadas con Síndrome de Cotard.
    Pero más allá de coincidencias mundanas, he disfrutado mucho al leer esta historia, te aseguro que ha resonado y mucho. La compartiré con mis colegas, de batas blancas, que seguro que también les encanta.
    ¡Un abrazo!

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