¿Qué vale una vida?

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Una vida digna es aquella respetada por igual en todas las personas; no mereciendo mayor valor unas u otras en función de las circunstancias sociales o económicas. La dignidad es pues un valor intrínseco a la vida que ningún otro puede poner en duda. Tan solo, el sujeto viviente puede enjuiciar si su vida es digna o no. Es decir, aunque con relación a los otros toda vida sea igualmente digna, un individuo puede entender que aquello en lo que consiste su vida no sea auténticamente digno y decidir y actuar respecto de sí mismo.

Sin embargo, la convivencia en sociedad y entre sociedades exige el mismo trato y valor para toda vida, porque solo cada sujeto tiene autoridad sobre sí mismo. Centrándonos en la vertiente sociopolítica, cada Estado debe considerar por igual a sus ciudadanos, y a los ciudadanos de otros Estados; ningún ciudadano posee una vida más digna que otro. Esto está de derecho recogido en todas las Constituciones democráticas, siendo inviolable la vida de cualquier ciudadano, en cuanto ser humano —una excepción clamorosa e insostenible sería la de aquellos estados de EUA en los que sigue vigente la pena de muerte y ante los cuales el Tribunal Internacional de derechos humanos enmudece—. Incluso, se entiende que quienes reconocen la igual dignidad de la vida humana lo hace no solo respecto de sus ciudadanos, sino lógicamente respecto de cualquier humano.

Conociendo los principios según los que deberían regirse las sociedades democráticas, que se presentan como modélicas, es de dominio público que lo dicho hasta ahora no es lo que de hecho sucede, ni en el interior de los Estados, ni en las relaciones entre ellos.

Hemos constatado que todas las vidas no valen de facto lo mismo. Y esta reprochable contradicción se mantiene sin pudor según de qué países y personas hablamos. Todos recordamos las matanzas en Irak, Yemen, Siria, Afganistán, Ruanda, Palestina, …así como la distancia o indiferencia que la mayoría de los países han mostrado para proteger la vida de los civiles que se veían aplastados por las guerras. El grito de las democracias siempre ha sido un aullido interesado, protegiendo no tanto a las personas, sino los territorios en disputa, según su ubicación geopolítica, su riqueza en materias primas, etc.

Es decir, se ha blindado durante años la entrada a refugiados de la guerra de Siria, de Irak y otros, por provenir de países sospechosos de exportar terroristas, o de lugares de los que nada podíamos beneficiarnos, abandonando a su suerte a millones de personas, tratada no como seres humanos, sino como masas indeseables de desplazados que no complicaban la vida. Esta situación casi no se denuncia, antes bien buscamos las maneras de evitar que el flujo de inmigrantes o refugiados no nos desborde.

Por el contrario, la guerra que Rusia ha iniciado en Ucrania ha puesto en evidencia que la procedencia de personas de países del norte de Europa no incomoda de la misma manera a los Estados. Parece un hecho -en esta lucha de información y desinformación de unos contra otros- que se están produciendo matanzas de civiles, incluso buscadas para minar la resistencia ucraniana. Ante esto, han sido muchos los países que se han volcado en la acogida de los ya millones de ucranianos que huyen despavoridos del infierno. Lo cual es de elogiar, pero chirría cuando recordamos a todas esas personas que atravesando el Mediterráneo en condiciones inhumanas se encontraban con muros en los mismos países que ahora acogen a los ucranianos. Aún hoy sería vergonzoso recordar los campos de refugiados de personas procedentes de Oriente Medio y de África que llevan años, sin perspectivas de ubicación en país alguno. Los prejuicios en función de la procedencia, de la raza a la que se pertenece y del conflicto bélico que los ha expulsado de sus tierras, prevalece por encima de esa teórica dignidad de toda vida humana.

La constatación empírica nos lleva a admitir que no todas las vidas son igual de dignas, ni merecen por tanto la misma protección y derechos de asilo. Con las vidas humanas se acaba mercadeando de la misma manera que con las cosas: unas valen más y otras menos, y ese valor no depende de ningún tipo de meritocracia.

Hace días oía decir a un pensador que no reconocer, que vivimos en la mejor época, gracias al progreso que ha proporcionado el capitalismo era de idiotas. Y como en años anteriores mi indignación se dispara cuando observo que esa aseveración se profiere desde la virtualidad de los que viven acomodadamente y que, tal vez, deberíamos preguntárselo al ochenta por ciento de los habitantes del planeta que con diferentes grados malviven o mueren por falta de medios de supervivencia.

¡Qué fácil es hablar cuando se tiene voz, y hacerlo exclusivamente en nombre propio! Ignorando a los que claman que seamos la reverberación del sufrimiento acallado!

Finalmente, ¿Qué dignidad posee la vida de quien toma decisiones que implican la matanza de otros humanos, legitimándose bajo discursos en los que el concepto de nación, que en sí misma no es más que una abstracción, pisotea las vidas concretas y particulares del conjunto de individuos que se supone constituyen dicha nación? ¿Hay naciones sin individuos? ¿Vale una nación, una discutible entelequia romántica, la existencia o la muerte de personas reales, únicas y diferenciadas?

Plural: 5 comentarios en “¿Qué vale una vida?”

  1. A mí siempre me ha parecido muy difícil de entender que una persona de Irak o Siria o Líbano, cuando tiene que emigrar por una guerra, decida instalarse en Goteborg, Munich, o Jerez de la Frontera.
    Si miramos el mapa mundi con un poco de atención, veremos que hay países más cercanos donde la cultura tal vez no sea la misma, pero sí parecida. Hay países limítrofes donde se habla árabe, algunos son mayoritariamente musulmanes y en algunos casos, algunas sectas del cristianismo (ortodoxos, maronitas, etc.)
    Otra cosa es que la secta musulmana a la que pertenezca uno (sunnitas, chiitas…) sea una barrera infranqueable para poder asentarse en uno u otro país.
    Pero en cualquier caso, no entiendo que esas personas decidan instalarse en Europa, un lugar donde no se habla su lengua, ni se siguen sus costumbres, ni las mujeres visten el burka y las chicas van a la escuela y no se les pega un tiro en la cabeza para que dejen de ir. Y desde luego, lo que no es aceptable, es que vengan aquí y exijan que seamos nosotros los que nos adaptemos a sus costumbres.
    ¿Qué tiene que hacer un empresario cuando sus empleados están en Ramadán y tiraos por el suelo porque no pueden con su alma? ¿Darles vacaciones? ¿Qué debe hacer un colegio si una alumna viste con el velo sobre la cabeza? En Francia lo han prohibido y no ha sido Le Pen.
    En Ucrania, un inmenso número de personas, hablan español y vienen aquí pidiendo trabajar cuanto antes.
    Cuando abandonan su país y entran en Polonia o España, vienen derrotados, agotados.
    Cuando ves los que han saltado la valla de Melilla, son todos fuertes, dan saltos, agreden a la policía y los hieren, vienen armados y bailan contentos. Están llenos de energía. Pero ninguno viene pidiendo trabajo cuanto antes.
    Y no hablan español.
    Así es que, sí, tienes razón. Hay personas y personas y las guerras no los hace iguales aunque las guerras sí lo parezcan.

    Un saludo cordial.
    Carlos

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  2. Comparto. Vivimos en un mundo de hipócritas. Y no puedo evitar ya un cierto desdén respecto de los ucranianos, pese a su mala situación, en vistas de cómo se cierran los ojos ante otros miles y millones de refugiados. Y tengo amistades que, pese a sus buenas intenciones, me decepcionan por su ingenuidad y por dejarse llevar de esta propaganda tan agresiva, obviando la situación de vulnerabilidad en que se hallan otras muchas personas.

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  3. ¿O sea que apenas caen en cuenta que no es lo mismo África que Europa? ¿ La migración depende, «but of course» del color de la piel? Estos filósofos tan ingenuos…¿Será que los que vivimos el Tercer mundo, !Las colonias Don Cristobál, tierra de los autóctonos Guatemuz y compañia¡… Sabemos lo que es valer….menos que una big mac…Esta humana naturaleza tan llena de racismos, odios, intolerancias…Recuerden que a la utopía se llega vía internet, dando likes a diestra y siniestra…. ( Mi otro Yo y sus traumas tercermundistas…sorry a todos los afectados…)

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