DESIDERATUM: A mis sobrinos nietos.

Estos son dos de mis cinco sobrinos, ya curtiditos, no me atreví a poner fotos de mis cuatro sobrinillos/as pequeños.

Un comentario

A una determinada edad los niños son renuevos anímicos que nos oxigenan de tanta podredumbre insuflada. Unos caminan inseguros, con un utensilio en la mano en el que se apoyan -o eso les parece a ellos-. Van pasillo arriba y abajo sonrientes, como si al hallar esa muleta imaginaria estuvieran en condiciones de husmear el mundo entero. Otros, algo más mayorcitos aplican esa lógica aplastante que nos hace sonreír, por la ingenuidad que destilan; entienden que si no se tiene dinero para comprar algo pues se paga con la tarjeta, que conciben como una barita mágica que te exenta de pago alguno. Otros reptan aún hasta buscar apoyaderos seguros que les permita alcanzar esa verticalidad que observan a su alrededor y que se les antoja como un hito -y lo es, ciertamente, hacia su autonomía-. Y otros aún, con una sensibilidad impropia de su edad, sienten compasión por las personas que piden por la calle, sin entender el porqué sus padres no les dan dinero. Ante una explicación que los adultos creemos razonable y comprensible, te acaban mirando con tristeza y te dicen: “pobre hombre”, y se te rompe el alma porque te apercibes de que con esa hipersensibilidad la existencia les va a resultar algo dura.

Cada uno/a te regala, inconscientemente, un halo de vida, porque por unos momentos miras el mundo a través de sus ojos y ves cosas magníficas, impensables, que solo la mente de quien ha desembarcado hace poco, en esta rara existencia que tenemos los humanos, puede aprehender.

Para mí, esos tesoros imprescindibles se llaman Amaia, Isaac, Lucía e Iris. Sé que la edad lo cura todo, como dice el dicho, pero lamento que tomar contacto con lo perverso y maligno del mundo sea madurar. Crecer para enfrentarse a un entorno que los moldee y dejen de imaginar imposibles. Quizás, porque solo un cierto tinte de utopía proporciona esperanza y parece ser que la ilusión es perjudicial para adaptarse a esta sociedad.

Para mis sobrinos nietos, y todos los críos que habitan este planeta en declive, querría lanzar un grito, un aullido casi, que sirva de revulsivo para que nunca se conformen con lo impuesto, que lo escudriñen, lo analicen y se liberen de la toxicidad que los impele al egoísmo, individualismo. Como rezaba uno de tantos lemas del mítico mayo del 68: “Somos demasiado jóvenes para esperar.”

No esperéis, actuad según las convicciones rumiadas que os induzcan a creer que el mundo puede ser más humano, para todos los que pertenecemos a la especie.

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