La educación que teme educar.

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Hace ya años que se habla de la innovación educativa como la clave para acabar con el denominado “fracaso escolar”. Ese que nosotros hemos denominado así, porque, en contradicción con la renovación que creemos necesaria, no nos creemos que los ritmos de maduración sean singulares. Así, estamos convencidos de que en lugar de dejar que cada uno vaya a su ritmo, es decir que las calificaciones sean mejores o peores, tenemos que diluir la evaluación para que no se “note” que unos maduran intelectualmente antes que otros, ya que eso es a lo que nosotros hemos llamado fracaso, no los niños. Vagando en esta contradicción se están realizando cambios en el sistema educativo que van a llevar a la mayoría a no incorporar aprendizajes significativos y, además, a perderse lo que implica una atención individualizada a nivel personal, tomando a educando como una persona en su conjunto.

No entraré más a fondo en este tema porque daría para un libro, y aunque no se haga mucha resonancia de ellos hay unos cuantos, por ejemplo, los de Gregorio Luri, Alberto Royo -aunque en este caso puedo no coincidir en aspectos con él- y seguro que una amplia bibliografía crítica con esos desnortados cambios que no iría nada mal que todos les echáramos una ojeada y nos paráramos a reflexionar. Quiero recordar, no obstante, que quien dispone de legitimidad, fundamentada, para definirse al respecto son quienes están día a día en el aula con los chavales, y más en aquellas escuelas en las que la diversidad étnica y cultural es muy acusada.

Aunque he iniciado el escrito por la educación en la escuela, mi punto de interés es en realidad la educación en la familia, un recorrido previo al escolar, o a veces simultáneo desde los primeros meses, que es el punto de partida nuclear para que posteriormente otros entornos educativos puedan ser también de calado.

Hablo de la familia como el núcleo de adultos que se responsabilizan parentalmente de los niños, no de la familia en su sentido tradicional; la reflexión que haré a continuación es válida para todo tipo de familia.

Los niños que crecen en un ambiente de tensión, discusiones y conflictos desarrollan un nivel más alto de ansiedad. Esas pugnas o enfrentamientos ocupan tanto espacio mental en los adultos que no disponen, ni tan siquiera, de la conciencia de que educar a sus hijos empieza por establecer vínculos amorosos que darán lugar a la confianza básica. Esta última es crucial porque de ella dependerá la capacidad para confiar en los otros y establecer vínculos que refuercen la autoestima, la autonomía y, por supuesto, la confianza en uno mismo. Si los cimientos sobre los que debe desarrollarse la personalidad es difícil crecer y afrontar las vicisitudes de la vida.

Es curioso observar cómo los hermanos que han vivido esas situaciones de enfrentamiento entre los padres, y de la incapacidad de estos de acoger mentalmente a cada hijo, acaban reproduciendo de adultos ese tipo de conflicto entre ellos. Es como si las figuras básicas de referencia siguieran colisionando por siempre en el ambiente. Y, por supuesto, la manera de vinculación, por mucho que uno posea conciencia de ello y desee con todas sus fuerzas huir de ellas, va emergiendo repentinamente transcurridos los años. Se quedan atónitos de la huella indeleble que las formas primarias de sentir y relacionarse con el otro se quedan incrustadas en lo más profundo de su ser.

Relacionado con esa vinculación fallida de la que hablamos, encontramos niños temerosos, desconfiados y que poca motivación de aprendizaje tienen si no es de algo que ellos tengan la certeza de que les ayudará a vivir mejor: sin gritos, sin conflictos desproporcionados. Además, este sesgado interés necesita obtener un resultado inmediato, porque si la confianza básica no se ha forjado no pueden postergar la satisfacción de sus necesidades o de sus deseos.

Este entorno familiar, que puede darse en muchas familias de manera abierta -no oculta como antaño- nos induce a pensar que muchos niños no están en condiciones de incorporarse a una institución que les presupone una autonomía y unas habilidades que nos poseen. Aquí la figura del maestro tiene una vital importancia, y no hablo ya en un sentido académico, sino en el de tener por primera vez un vínculo que pueda fortalecer a los niños, y que les permita después querer aprender, aunque la recompensa no se halle a la salida del colegio en forma de pastel. Pero esto exige que el maestro tenga un número de alumnos asumible, si valoramos el desarrollo integral del niño que no es lo exclusivamente académico. Que el chaval disponga de alguien que pueda sentarse con él a charlar un rato de los conflictos internos que vive -y que no necesariamente son patológicos porque la vida es dolor-, que en otra ocasión el alumno demande ayuda para aprender a dividir. Pero esto sucederá si hay un vínculo establecido especialmente con aquellos niños que carecen de esa red que protege sus caídas.

Visto esto, los niños que se encuentran una institución tan respetuosa con su proceso que se inhibe de educar, y deja una responsabilidad excesiva en la voluntad de aprendizaje del crío, sienten que se repte “el abandono”. Hay poca relación individualizada porque el número de alumnos trabajando por proyectos es tan elevado que los profesores -aunque sean dos- casi se dedican a resolver y orientar búsquedas informáticas, muy poco a explicar, y menos a establecer un ritmo de trabajo, un autocontrol -antes llamada disciplina- que oriente a los que lo están, que son la mayoría. La cual pide, sin saberlo, a gritos límites, que alguien les diga que no, que por ahí no, alguien que los eduque.

Recordemos que educar proviene etimológicamente del latín educare que, a su vez, proviene de educere, que se divide en: ex: (fuera de) y ducere (guiar, conducir). Educar vendría siendo guiar a la persona para que saque lo mejor de sí, para que desarrolle todo su potencial, pero recordemos que por mucho que creamos que sería lo ideal, la educación no es neutra, si lo fuese no educaría -recordando el sentido etimológico-. Lo principal es que honestamente el maestro -que disponga de medios y aquí sigo haciendo un llamamiento urgente de sentido común en los expertos que son los que no han pisado un aula más que cuando eran niños- tenga como propósito facilitar el potencial del alumno, respetando su camino mientras no sea pernicioso para él, y no caer en el error de pretender transmitir ya no valores -que es inevitable- pero sí ideologizar la educación. Transmitir la justicia como un valor es loable, sobre todo si se transmite siendo justo, el contenido final del que cada alumno llene ese valor no es ya responsabilidad del profesor, sino de un conglomerado de agentes que también intervienen en la educación de los niños -internet, medios de comunicación, formas de vida social, …-

Creámonos que el primer núcleo educativo que nutre a los niños es el entorno familiar y pongamos todo los que podamos de nuestra parte, sabiendo que no todo depende de nosotros. No dimitamos como familias, porque la escuela por agotamiento, consecuencia de la presión del poder político, está empezando a hacerlo.

Plural: 4 comentarios en “La educación que teme educar.”

  1. Hace muchas vidas cuando me dedicaba a la docencia ( ¡¡Uy ya llovió, se evaporó y germinó!!! se burla mi otro Yo de la anécdota antes de iniciar…sorry) al citar a una madre de familia para informarle que su «angelito» no podría reeinscribirse a curso normal por reprobar y que tendría que pasar un semestre fuera hasta aprobar sus materias, me miró desconsolada. – Maestro, si lo reprueba, que voy a hacer con él en la casa…Hay días que la realidad nos derrota contundentemente…( ¡Qué bueno que dejamos la docencia, puras fallas con el sistema educativo, no había a cuál irle, con esos delicuentes juveniles que llamabas alumnos…Mi otro Yo que aún no supera el trauma de esos años…) Besos al vacío desde el vacío

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      1. Era darse cuenta que no había formar de ayudar ni a los alumnos, ni a sus familias ni a los docentes…solo observar como el barco educativo hacía agua por todos lados…besos al vacío desde el vacío

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