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Autor: Ana de Lacalle
El perdón se dice con palabras, pero solo puede otorgarse desde el sentir aciago.
Asemejamos la manifestación de emociones a una humillación de nuestra dignidad que nos pervierte, desnudando la intimidad donde se halla rebujada esa fragilidad despreciada. Y una vez trasparentado quién somos, resulta una quimera la restitución de nuestra persona, no tan solo a la vista ajena, sino a la mirada propia.
Nos atenaza el vértigo generado por la separación. Esa marcha ineludible pactada, implícitamente, de antemano. Porque habiendo partido hacia ningún lugar propio, culebrean nuestras entrañas al pensar quién nos añora y ansía regresarnos. Si nadie se siente morir tras nuestra marcha, para quién existimos y quién dará cuenta de nosotros en la despedida final, durante
Clica para ver post de octubre de 2016 a través de Desnudez
Clica para ver post de noviembre de 2016 a través de Ética desmoralizadora
Alardear de la propia excelencia evidencia la escasez de virtud.
Un reproche es el saldo de una exigencia impuesta al otro, que expresa la convicción de ser sujeto de prerrogativas, para enmascarar la propia carencia y necesidad.
Hay pálpitos que alertan, desde una prudencia temerosa, de lo errado y fallido. Algunos restan subsumidos al pavor y petrificados; otros se empoderan, ante la ventaja que concede el aviso, y hacen de la necesidad virtud, o en otros términos exprimen lo benéfico de lo inevitable.
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