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Autor: Ana de Lacalle
Ante una presión social extrema, el cuerpo se retuerce rebuscando la posición inicial: esa que siendo en el útero materno solo se le exige estar.
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Lo trágico se hunde en el padecer agudo, y ahí nace; pero su naturaleza se despliega en la impotencia de no ser más que ese drama circunvalado y centrífugo.
Se otorga la eternidad a quien deja una prosa mágica como legado. Y mágica no por su barroquismo ornamental, sino por la rara habilidad de ser en palabras la encarnación de una diversidad de vidas. Quizás, siempre fue el poeta el único testigo fiel de lo acontecido.
Enhebramos agujas con hilos que no suturan y así se deshilvanan propósitos que devienen conatos vanos, y solo bajo la genuina determinación de la voluntad, los fracasos –si los hay- son efectos inevitables.
Clica para ver post de julio de 2015 a través de El relato intrínseco de un autor
Vagabundeando por una urbe, nada desangelada, nos internamos sinuosamente entre los unos y los otros, perdiendo la mismidad, que nos apresuramos a restablecer huyendo del gentío hacia la cueva sagrada de nuestra identidad.
Tras la metafórica “muerte de Dios” anunciada por Nietzsche, se fue materializando lo que ya previó tiempo atrás su admirado Dostoievski, que “si Dios no existe, todo está permitido”. Sea por defunción de una falacia, o por no ser nada en sí, lo cierto es que la carencia de un ente supremo que regule, limite
Si a quien reconstruye su vivir, o lo inicia como tal con conciencia, le mostramos las ruinas huecas de las que parte, en crudo, estamos evidenciando la difícil tarea de vivir, habiendo estado casi muerto. Es algo así como invitarle a masticar su miseria para que tras la indigestión resurja vívido negando un pasado que