Existen aspectos del sujeto tan finamente delicados que sin una intervención hábil y empática pueden destruir anclajes vitales.
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Cuando el individuo se siente protegido por el “grupo” puede transformarse en una mísera copia de sí mismo.
Sentir una compulsión al vomito infinito es el síntoma de haberse restregado el rostro entre la más trágica de las miserias humanas.
Si no hay silencio, sino un vago rumor musitado por anónimas voces penetrantes, quizás algún gemido resta acallado en las entrañas.
a través de La memoria emocional y el mal Clica para ver post de noviembre de 2016
Quien halle un motivo, no frívolo o banal, para alegrarse de la existencia de este mundo, que se cargue de argumentos y lo exponga.
Atinar el umbral ajustado en el cual no hay letargo, pero tampoco exceso de acto, es el reto de quienes padecen hipersensibilidad generalizada. Quizás les reste aquello de que “paren el mundo que yo me apeo”.
Sentir es un aleteo inesperado de la sensibilidad.
La dignidad solo puede perderla uno mismo. Los demás pueden ultrajar y cosificar, pero esas acciones arrebatan la dignidad de los que las perpetran, no de sus víctimas.
Si no hubiese un algo inefable, el lenguaje y con él nuestro pensamiento agotarían en su estructura, toda naturaleza. Entendiendo que ni la experiencia perceptiva ni, más relevante, la racional avalan esta perspectiva arrogante, seguiremos balbuciendo aquello que con dificultad atisbamos, e ignorando todo lo otro.