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Carentes de la osadía de la veracidad, transitamos chapoteando para no sucumbir a un lodazal  insuperable. Así creemos vivir con cierta dignidad, porque escondidos tras la ambigüedad de las medias acciones, nuestra persona queda diluida en el fantasmagórico escenario de la impostura.

La virtud es el canto añejo de los trasnochados, que desubicados se acunan con cánticos morales de antaño.