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Todos somos el rastro de los que nos han precedido, no solo en el redil familiar sino, del acervo social y cultural del que nos hemos nutrido copiosamente, seamos conscientes o no.

Por ello, cada idea, pensamiento u ocurrencia es relativamente original, ya que desde el instante en que resueltos y desprendidos de todo vínculo o deuda con lo aprendido, nos disponemos a derramar nuestra creatividad en hojas vírgenes, debemos asumir que lo único virginal es el papel. Nuestra mente, y eso la hace a su vez capaz de crear algo nunca dicho, está trazada de experiencias, lecturas y aprendizajes interiorizados que han forjado el sujeto que somos. Pero éste, solo, es así por la apropiación singular que ha realizado de su experiencia y del acervo acumulado, de tal manera, que únicamente Nietzsche pudo escribir: “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado” (Gaya ciencia) o Cioran “Existir es un plagio” (Desgarraduras) o tantos otros a los que podríamos otorgar el reconocimiento de figuras auténticamente únicas e imprescindibles.

De esta forma, nuestras palabras son el testimonio, voluntario o no, de una vida ubicada en una cultura humana. Aunque escribamos para extirpar los demonios heredados, nuestros esfuerzos de erradicación dan presencia a esas sombras diabólicas a exterminar. La indiferencia, como estrategia alternativa para no dar luz a lo que deseamos negar hasta su desaparición, puede mostrarnos como cómplices. Así es que, tal vez, cunda positivamente aceptar lo que hemos sido y somos culturalmente y someterlo a una dura crítica analítica, poética, literaria. Nunca la indiferencia.

El don de la palabra, como cualquier otro que sitúa a un sujeto con una capacidad más desarrollada que el resto, exige una responsabilidad, porque el mundo en que vivimos es un clamor de gritos ahogados muriendo, uno tras otro y la diversidad de formas de matar del sistema económico-político mundial deben ser denunciadas.

Nunca la indiferencia.