La articulación del Mundo

Si el color es una cualidad resultado de nuestra percepción –de ahí las discrepancias que suelen suscitarse- por tanto, mero aparecer del que no podemos predicar con rigurosidad ni su existencia, ¿no deberíamos establecer una distinción, no solo entre lo real o lo aparente, sino también entre lo aparente y lo existente? Es decir, de la cosa determinada por su naturaleza material podemos predicar su existencia, pero ahondando en la peculiaridad del conjunto de lo existente, nos apercibimos que hay cosas que no son ni tan solo concreciones materiales, sino un simple efecto  óptico de nuestra condicionada capacidad de percibir y, en consecuencia, un mostrarse o aparecer sin materialidad –pero en lo material- ni por tanto determinación alguna. Así lo hemos constatado en el caso del color.

Siguiendo el hilo de lo expuesto, surge una cuestión relevante sobre aquello que denominamos mundo: ¿No estamos vadeándonos en un entorno, cuya falta de estabilidad y consistencia, nos ha llevado a la confusión entre lo que se da y lo percibido? Si así fuera, devendríamos sonámbulos cartesianos que intentan interferir en la espuma de lo aparente, cuando lo efectivo y apropiado sería hacerlo sobre lo que se da al margen de nuestra percepción fantasmagórica. No en vano, identificar aquello que puede ser modificado puede proporcionar sentido a nuestras acciones y nuestro existir.

Por ejemplo, suponiendo que la hipótesis de la que partimos es veraz, centrémonos en los hechos que calificamos de injustos. Considerando que la injusticia no puede ser percibida en sí misma, sino en relación a una concatenación de sucesos que se dan en una coyuntura determinada, deberíamos, como ingeniosamente afirmó Hume, reconocer que dicha cadena no es objeto de percepción y, por tanto no solo no formaría parte de lo existente, sino que como idea producida en nuestra mente tendríamos que relegarla al ámbito de lo aparente, a saber aquello sobre lo que no cabe actuar porque no constituye más que una nebulosa. ¿Estamos dispuestos a admitir esta necesaria pasividad cuando presenciamos determinadas escenas? Difícil admitir que sí.

Nos sentimos obligados aquí a admitir que aquello que es objeto del juicio moral aunque carezca de entidad propia, exige de nosotros una decisión y la consecuente  acción. ¿Dónde nos ha llevado esta disquisición? Pues a constatar que los humanos nunca formulamos juicios con certeza, y aún menos en relación a la ética, porque la distinción entre lo real no accesible, lo existente material que se da, y lo aparente inconsistente vinculado exclusivamente a nuestra percepción, nos lleva a tomar decisiones y actuar como beodos de una vida incomprensible. En este contexto, el individuo postmoderno está sumergido en la postverdad, y ésta entendida aquí como  la superación de un concepto de verdad que se nos niega por nuestra condición humana. Este caos gnoseológico –y axiológico- produce ideologías como el transhumanismo o el posthumanismo que, lejos de procurar una mejora de lo humano, aspiran a distanciarse de esas ataduras que impiden despegar hacia la categoría de divinidad. Lo problemático es que aquellos que apuestan por esta superación carecen del horizonte que les oriente y de criterios éticos para discernir qué es posible y qué es deseable. Así, la posthumanidad deviene una profundización en el desorden de lo prioritario, y por mucho que lo deseen nunca dejaremos de ser humanos, aunque sea más aturdidos y arrogantes.

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