Lo inefable de la experiencia en Argullol.

Recuerda Oriol Alonso, en su análisis de la obra de Rafael Argullol[1], que para este “La experiencia se nos escapa por completo, en definitiva. Todos los matices que dibujan nuestra vivencia rompen en todo instante los grilletes que intenta imponer nuestra voluntad. Sin embargo, necesitamos controlar todo lo que se ha vivido y se vive porque, en cierta forma, anhelamos escapar de la angustia que genera la incertidumbre de lo real. Además de mitigar nuestra angustia, queremos eliminar la potencia de todo aquello que se ha inscrito en la piel de nuestra memoria, exorcizando el poder desasosegante que contiene, en múltiples ocasiones, nuestro pasado. Deseamos que el pasado deje de acosarnos y por eso nos quedamos con una lectura hegemónica del mismo. Sin embargo, la tentativa fracasa (…) Lo vivido, en realidad, contiene infinidad de voces, está repleto de incontables fantasmas que se escurren en el momento en que se les intenta echar el guante (…) apresarlo y reducirlo a un lenguaje determinado.”

Y, admiramos la sencillez y agudeza de Argullol en su percepción de lo que constituye nuestra experiencia, porque lejos de ser “elegida” nos sobreviene como un temporal, a veces indeseable, y, como aduce el filósofo, se escurre al ámbito de lo inefable. Es precisamente esta naturaleza de lo vivido, que no se deja encorsetar lingüísticamente, lo que nos ubica perpetuamente en la incertidumbre. Esa fatiga frustrada que resulta de nuestra voluntad de control. Pero, a su vez, ¿qué sería de lo humano, como condición de posibilidad, si todo cuanto quisiéramos pudiese ser doblegado? Quizás que ese intento de autopercibirnos nos asemejaría a ciborgs obedientes, sometidos a la tiranía de seres que por su omnipotencia no serían nada humanos.

Así, será que la incertidumbre y lo inefable propician seres desprotegidos pero capaces de sorprenderse y, en consecuencia, de vivir la mediocre virtud de ser humano.

[1] Oriol Alonso: “La carne del tiempo” ,artículo sobre Rafael Argullol en CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA nº 260, setiembre/octubre de 2018,pg.18.

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