El mal de la indiferencia

La sensibilidad humana se satura de las tragedias que él mismo provoca. Existen, de hecho, situaciones de explotación, muerte, maltrato, inanición, que siendo estructurales, se convierten en el testimonio doloroso de una maldad inconcebible. Habiendo superado cualquier atisbo de idealismo, sabemos que no cesarán, porque son la condición necesaria para que los que vivimos en un bienestar material sigamos disfrutando de él. Y para acallar nuestra conciencia, convertimos esos dramas en noticias como si fueran ajenas a nuestro quehacer y vivir. Las mezclamos con otros aconteceres, de naturaleza bien diferente, para homogeneizarlas y que pasen por nuestro lado sin sentirnos avergonzados de ellas.

Así vivimos algunos a costa de la sangre y la muerte de otros, porque neutralizada la sensibilidad, que debería provocarnos el vómito, observamos lo que parcialmente nos cuentan como una secuencia de ficción.

Y, para colmo, “muerto Dios”, se disolvió la advertencia del juicio final, que podía cumplir una función disuasoria.

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