Vínculos y desconfianza

Resulta aparentemente contradictorio que alguien pueda establecer un nexo imaginario entre lo que constituye el vínculo con otros y la sospecha o cautela respecto de la falta de fiabilidad. Recordemos que, según Berenstein, el vínculo  implica una esfera  intrasubjetiva caracterizada por las relaciones de objeto, que son ligaduras estables, dispuestas a perpetuarse, pero susceptibles de modificarse por experiencias personales significativas. Los significados originados en esta área, se orientan hacia adentro, y se irradian hacia fuera, generando la manera en que percibimos el mundo. Así, la ligadura emocional o ese estado mental en relación al otro, debería generarse solo en base a una confianza básica, respecto de la estabilidad y permanencia del vínculo. Pero es constatable que hay individuos que se sienten fuertemente vinculados en base a esa carencia de veracidad del nexo mental y solo en esa tensión antagónica sienten que la ligazón puede tener cierta estabilidad, algo así como si la desconfianza fuera el núcleo vincular que mantiene a los implicados en perpetua alerta, y por tanto “ligados”.

La causa puede hallarse en esos significados que se orientan hacia “adentro”, porque aquel que recibe como lo nuclear, en el acto mental de vinculación, una sospecha sostenida respecto del otro que le requiere continuamente la renovación explícita de esa ligazón, está originando una confusión básica entre lo que constituye la confianza y lo que significa la exigencia reiterada de manifestaciones de apego. De esta forma, el sujeto elabora una experiencia intrapsíquica en la que vincularse consiste en someterse a la volatilidad y necesidad ajena. Como sostenía Berenstein, y asimismo John Bowlby mediante la “teoría del apego”, los significados originales que incorporamos respecto de los vínculos, se irradian, extrapolan hacia el mundo externo configurando la manera de percibirlo y, en consecuencia, responder a él.

A partir de lo expuesto, se desvela esa concepción de lo vincular como una experiencia arriesgada en la que cabe dotarse de mecanismos de defensa que  impiden un auténtico vínculo pero que, precisamente por esa ausencia nuclear básica de la propia identidad, “enganchan” en una dinámica de acercamiento y distanciamiento que deviene fuente de sufrimiento. La irradiación de lo intrapsíquico acaba verificando que nada es permanente en un sentido simbólico, y que el yo vive zarandeado a perpetuidad entre la proximidad y la lejanía. Quizás esa ambigüedad sea la que pueda originar dependencias emocionales dañinas por el temor a la pérdida definitiva.

En consecuencia, la aparente contradicción se habría transformado en una lógica interna comprensible fruto de experiencias primarias de apego: desconfía de los vínculos, sin los que vivir es inabordable, y por ende, ténsalos con la habilidad suficiente para no perderlos.

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