Del ingenuo de Sócrates al pragmatismo postmoderno.

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Sin conocimiento no hay virtud, o posibilidad diríamos hoy de actuar moralmente, porque –y seguimos con el Sócrates platónico- quien sabe lo que es el bien no puede, por voluntad propia, no quererlo y actuar en sentido contrario, ya que se siente eróticamente atraído y el bien constituye el único objeto posible de su voluntad –y aquí ya estamos acaso expresándonos más platónica que socráticamente. No hay, pues, inmoralidad propiamente sino ignorancia.

Si lo expuesto fuera así, no es de extrañar la inmoralidad presente en nuestra sociedad, porque pretender aprehender de forma absoluta lo que constituye el bien se nos antoja imposible; de la misma manera que a quien actúa diáfanamente mal lo consideramos un inmoral, nunca un ignorante.

Lo relevante es que en un contexto cultural en el que inferir lo bueno incondicionalmente nos resulta imposible por la asumida diversidad individual y cultural, aquellos que actúan en contra de algún patrón moral culturalmente asimilado son considerados malvados pero nunca ignorantes.

Esto, como modernos y habiendo superado el “buenismo” rousseauniano, nos aboca indefectiblemente a considerar la maldad como algo que puede ser querido, por los beneficios que puede reportar al sujeto malvado. Por supuesto, no solo no nos escandaliza esta constatación, sino que nos resulta, fruto de la experiencia, la más creíble y consistente.

Es decir superados los absolutos morales, aceptamos que se puede querer el mal ajeno si esto reporta un bien propio; al igual que hay quien desea el bien ajeno aunque atente contra su propio bien. Nuestra voluntad no es buena por naturaleza, como ya constató Kant, sino que en un mundo en el que lo que posee valor es el resultado de las acciones que contribuyen a beneficiar a quien las realiza –un utilitarismo mercantilista y egoísta- los criterios axiológicos han perdido autoridad y claridad.

Actuamos con la prudencia de preservarnos a nosotros mismos y, tras ello, si las consecuencias de nuestros actos benefician a unos estaremos satisfechos, aun sabiendo que simultáneamente perjudican a otros.

Esta actitud realista evidencia el entramado complejo en el que hoy viven los individuos, que difícilmente sobrevivirían si aplicaran principios morales de naturaleza absoluta; anacrónicos, insuficientes y nada adaptativos.

Cierto es que siempre se puede optar por vivir al margen del sistema, pero esta elección conlleva la exclusión, penuria y persecución más o menos explícita de esos individuos; Teniendo en cuenta además que la cuestión sobre lo bueno y lo malo no es una cuestión epistemológica de certeza, sino una cuestión ética de convicción.

En síntesis, no hay hoy ignorantes morales, sino malvados que -además de no “conocer” en qué consiste el bien, porque no es susceptible de ser conocido- se despliegan inmoralmente con una impostura que los protege de la dura crítica, que esa moral interiorizada por culturas, podría devastarlos y ponerlos públicamente en un brete. Aunque también sabemos que a quien tiene el poder económico, poco le importa el desprestigio moral; tan solo en la medida en que nuevamente afecta a sus beneficios económicos.

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