La conciencia de ser humano

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Una embestida a traición, mientras mis dedos resiguen las líneas de tinta vertidas por un espíritu ávido de rastrear lo grisáceo. Azarada y temerosa por la imposibilidad inmediata de identificar la razón de semejante acometida, me desprendo del tesoro escrito precipitándolo a su fortuna o su infortunio.

Erecta y con el radar de la vista y la intuición supinamente concentradas, rebusco, indago para localizar a ese ente anónimo causante de mi arrebato despavorido. Pero no lo hallo.

Entonces, un agrio vómito regurgita incontenible de la boca de mi núcleo más vulnerable. Y tras extenuarme entre estertores y convulsiones, me resta aun una basca  desasosegante.

Y, me apercibo que la acometida no ha sido por agente externo alguno, sino el estremecimiento generado por esas aparentemente inocuas líneas de tinta, que se han adherido como una lapa al cubículo de mi conciencia; embadurnándome de ese gris indefinido que me sitúa en el abismo de las preguntas irrenunciables.

Lo trágico es que sin poder zafarme ya de lo intuido, tampoco hallo ni presiento posibilidad de resolverlo, zanjarlo. Es, algo así, como empezar a ser tan humana, que la misma idiosincrasia de lo que ahora soy me aboca al vacío irreversible.

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