La agónica introspección insoslayable

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¿Y si aquel que personifica la cordialidad y la ternura no está más que impostando con suma excelencia? ¿Y si no hay tal fingimiento e incluso yacen ocultos otros sentimientos? ¿Qué hacer en cualquier caso? Todo evoca al fracaso, al dolor y al sufrimiento; porque si hay impostación hay alguien objeto de engaño y falsedad, y si no la hay se desploma sobre ambos la imposibilidad de no finalizar una relación que nunca debió tener lugar.

Desgraciadamente hay una víctima, o alguien más dañado que otro, cómplice de su devastación porque los vínculos se gestan con el consentimiento y la complacencia de dos, aunque uno de ellos por su posición y supuesta disposición debería haber cuidado con más habilidad el desarrollo de ese lazo. No obstante, hay personas de las que es difícil zafarse sin caer inconscientemente en sus redes; y no por voluntad y estrategia diseñada a priori de estas, sino porque desconocen otra forma de evitar el desprecio, el abandono y la soledad.

Quizás, lo más terrible es que esa soledad solo queda latente mientras la persona desata sus fantasías e ilusiones de las que se nutre. Cuando lo imaginario se disuelve lo único que resta es la siempre y vieja negruzca soledad interna. Un hueco vacío que nunca puede sanarse, una herida profundamente perforada que nunca cicatrizará; porque, así como la luz es la que ilumina y el sol el que calienta, y nadie ni nada puede sustituirles en esas funciones, los vacíos del alma son resultado de ausencias que no pueden ser reparadas por aquellos que no las provocaron.

Lo cual no es óbice para que quien los padece mendigue desesperadamente una pausa, un receso; aunque no sea más que una ficción que mitigue ese dolor perpetuo, generado por un hondo y profundo pozo vacío de afectos.

Solo hay un destino para quien mastica la ausencia en sí, el sufrimiento o el no-ser. Cualquier otra salida es un gesto por permanecer, lo cual requiere obviamente de lenitivos que vayan minimizando el puro vacío. La cuestión es qué razones hay para permanecer en esas condiciones; tal vez eso es lo único que pueden ofrecer los otros, razones para no dejar de ser. Esto no deja de ser un equilibrio muy frágil, ya que depositar el sentido en los otros puede inducir a vadear emocionalmente hasta rozar la locura; y llegados a ese punto cabe pensar que hay quien empezó a morir desde su nacimiento —podría objetarse que todos— pero no en un sentido cronológico, sino que mentalmente fue despojado de la potencialidad con la que llegó al mundo sin su consentimiento —algo inviable, por otro lado—. Mas esa falta de poder expresar la voluntad de nacer convierte, retrospectivamente, en un reproche permanente el acto de haberlo hecho algo vivo, que por instinto tiende a sobrevivir al principio, y con el paso del tiempo asoma la inercia del deseo de morir.

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