El silencio elocuente -relato-

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Bajo la techumbre que lo albergaba y reposando el cuerpo en una tumbona veía pasar lunas y soles; impávido e indolente se asemejaba más a una talla que a un organismo vivo. Su actitud no era arbitraria, sino una estrategia de protección contra ese exterior turbio e imprevisible que tanto le había lacerado. Por eso, se arrebujaba cubierto con una frazada y retorcía su pelaje repetitivamente, como si ese gesto pudiera hechizarlo a fin de perder la conciencia de dónde se hallaba, por qué y quién era.

La anciana de la vivienda colindante abría la puerta con su llave —tras haber golpeado tres veces— se acercaba al chico y ante su aparente indiferencia, vaciaba la alforja de víveres. La mirada de la mujer envejecida le penetraba el alma y, aunque la compasiva octogenaria tan solo sostenía sus ojos depositados en él durante segundos, al desabrido le parecían horas. Ella siempre le mecía con las mismas palabras: “todo pasa”. Aunque en realidad desconocía qué había llevado a ese desgraciado a ese encierro, que a la anciana se le antojaba como un intento pasivo de desintegración.

Transcurridos meses, muchos, quizás algún año, un día como otro en el que la mujer se adentró en la vivienda del chaval para proveerle de avituallamiento, se sobresaltó al no verle en aquella hamaca cochambrosa estirado. Nerviosa recorrió las pocas estancias del piso y no halló ni rastro. Al redirigir la mirada al lugar que era propio, y, creía la anciana, apropiado al chico, se apercibió de que en lugar de esa efigie que había mirado con ternura y dolor durante tanto tiempo, había un trozo de papel. Se apresuró a cogerlo, lo desplegó temblorosa y vio escrito: “Nada de lo sucedido pasa, nosotros sí”. Tras leerlo notó el palpitar acelerado de su corazón porque no entendía exactamente el significado de ese mensaje. Lo cobijó entre sus manos, como tanto tiempo había hecho con su vecino llevándole comida, y con lágrimas que goteaban hasta el pavimento que ni podía ni quería contener volvió a su casa. Seguía borboteando de sus ojos ese líquido ácido de tristeza y tensión. Así es que, sin meditarlo, empujó su viejo sofá colocándolo junto a la ventana, se arrellanó en él y ya no hizo ningún intento por levantarse. La ausencia de aquel chico que había cuidado y en el que esa mirada sostenida, durante segundos, atisbaba un sufrimiento inefable le había devuelto la soledad de quien se siente inexistente para los otros. Ya no tenía motivo que la retuviera, nadie que, aunque con un pétreo silencio, la aguardara cada día. Así que decidió emprender el mismo viaje que su pobre chico, aunque desconocía adónde la llevaría, pensó que el reencuentro compensaría cualquier padecimiento prolongado.

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