Los relatos de «El Caso» -relato corto sobre los años 60 en España-

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Estaba absorto contemplando las luminosidades navideñas. Sus ojos se fundían con esas chispas coloridas que le llevaban a un lugar ajeno al mundo. Y se sentía bien, en ese espacio resplandeciente y sin claroscuros. Pero como nada dura eternamente, según dicen, sintió un tirón brusco de alguien que se había agazapado a su abrigo, y aunque su instinto fue retirarse para desprenderse de no sabía, aún qué, resultó inútil porque contra más fuerza hacía él, el peso de una masa corpórea era arrastrado por su ímpetu de liberarse. Así que, viendo frustrado su empeño, volteó la cabeza para comprobar qué estaba pasando, y pasmado se topó con un crío de unos diez, años que parecía haber decidido formar una unidad con el abrigo. Sorprendido y confuso le espetó: “¿Qué haces? ¡Suéltame!” El chavalín levantó la cabeza, le miró y rogando le dijo: “¡Ayúdame! ¡Me matará!”.

Nuestro protagonista se quedó paralizado ante ese ruego que desprendía pánico. Tuvo sentimientos encontrados que lidiaron en su interior: ¡Lárgate, no te metas en líos! Le decía una parte de sí mismo; sin embargo, la otra le conmovía impulsándolo a atender el clamor angustiado de aquel niño: “¡Socórrele! ¿No serás un insensible egoísta?” Presionado por esa tensión interna y ante los sollozos del crío, se soltó a sí mismo un grito silencioso diciendo: “¡Basta!” Se agachó, secó las lágrimas del niño y le dijo: “ven conmigo”.

Se lo llevó a una terraza de un bar cercano, para poder hablar con él tranquilamente y valorar la situación: “Pide lo que quieras que vamos a merendar” —le animó con un tono suave —. Con una mirada recelosa, provocada por tanta amabilidad, el chavalín se quedó cohibido, mudo y ya no bramaba, sino que ahora parecía observar minuciosamente quién era ese individuo que había atendido a su ruego. Desconfiado, prudente. Ante lo cual su interlocutor —o sea, nuestro protagonista—, le interpeló: “¿No me pedías ayuda? Pues eso es lo que te estoy ofreciendo. Antes es mejor que tomemos algo y nos serenemos. Si quieres levantarte e irte, puedes hacerlo cuando te plazca, sin darme explicaciones. No temas.” El niño, tras oír estas palabras que desprendían calma, le preguntó: “¿Puedo pedirme un batido de chocolate y un bollo?”; sonriendo, su benefactor le confirmó que podía pedir lo que le apeteciera. Así que, el niño entusiasmado, y habiendo rebajado su actitud defensiva, se entregó al placer de ese sencillo manjar del que no disfrutaba nunca. Mientras tanto, nuestro protagonista —llámenosle de una vez X— se regocijó viéndolo disfrutar, al tiempo que empezaba a barajar hipótesis sobre lo que podía sucederle a ese crío y quién, según él, aseguraba que  iba a matarlo.

Cuando el rostro de satisfacción del crío culminaba con el último trago del batido, y suspiraba profundamente, X le pidió que, por favor, le explicase qué le pasaba. El niño fue recuperando esa mirada aterrada al tiempo que se le volvía a blanquear el rostro; le exigían que volviese a la realidad y por unos momentos él se había trasladado a un mundo ficticio, en el que más allá de él y su merienda no había nada. Sabía que tenía que darle explicaciones, así que se armó de coraje intentando no volver a derramar ni una lágrima y sucintamente le soltó: “Me he escapado de casa porque mi padre estaba dándole una paliza, como nunca había visto, y después de ella me toca siempre a mí. Tiene que ayudarnos.” X se quedó atónito, incrédulo y le pareció que le explicaban una situación esperpéntica. “No puedes mentirme, me lo debes”, le clarificó al chaval. “¡No le miento! ¡Nadie nos cree! Y mi madre está en peligro, y yo si mi padre me localiza; aún más si se entera que se lo he contado”. X no tenía claro cómo debía proceder, pero decidió que aquello le sobrepasaba y de que lo mejor era acudir a una comisaría de policía. “Vamos a ir a la policía”, informó al niño, lo cual provocó en este una reacción de pánico: “¡No, por favor, no nos creen!”, “Tranquilo, yo voy contigo y verás como sí te creen y tomarán medidas.” Intentó calmarlo. Así que, no sin cierta resistencia por parte del menor, tomaron la calle estrecha que llevaba a la comisaría más cercana.  Al llegar al lugar que preserva la ley y el orden, hicieron que X se identificara y que demostrara que ese niño era suyo. “No, no, verá. Le digo que me lo he encontrado con un ataque de pánico en la calle, y me ha explicado que su madre está siendo apaleada por su padre y que él ha huido para no correr la misma suerte”. El pequeño asido con fuerza a la mano de X se escondía tras él. El policía soltó una carcajada sonora que golpeó como un hachazo la mente de X. “Es usted un ingenuo” —le reprochó el agente del orden— “Este niñato, como muchos otros, se escapa y cuenta mentiras a mansalva; no se preocupe que yo me encargo, me pondré en contacto con su familia” La reacción del niño no se demoró, un torrente de agua empezó a empapar sus pantalones llegando a la suela de los zapatos de X, el cual se apercibió de inmediato y contestó: “Mire, creo que habría que averiguar qué hay de cierto en lo que explica el crío, así que yo me quedo con él, se lo he prometido, mientras usted hace las gestiones que crea oportunas; eso sí, le ruego que no descarte que pueda haber algo de verdad en lo que está denunciando”. El policía le sugirió,, con una sonrisa de sabihondo, que se esperara en una sala con el niño, mientras él hacía unas llamadas. El chaval casi envuelto en el abrigo de X le susurró: ¡Te dije que no me creerían! Y no pudo evitar romper nuevamente en un llanto desconsolado. X le aseguró que estaba él ahí y que nada malo iba a pasarle. Promesa que duró hasta que, por la puerta de la sala, apareció el padre puso a su hijo de pie y le asestó una bofetada que lo lanzo contra la pared. X saltó como una leona hacía el padre y los policías intervinieron gritándole: “¡Vamos a tener que detenerle! Es su padre y él decide sobre la educación de su hijo. Nos ha informado que no es la primera vez que se escapa y explica sandeces parecidas, así que lo que necesita ese niño caprichoso es mano dura. No puede entrometerse en la vida privada de los otros, así es que o sale de la comisaría o quedará arrestado por retención ilegal de un menor”. El niño sangraba. X estaba perplejo e impotente, y sentía que había traicionado la confianza que ese chaval había depositado en él. No tenía ningún indicio que le llevara a pensar si era verdad o no lo que le había explicado el pequeño, pero sí tenía claro que el reencuentro con su padre indicaba que algo de veraz había en las palabras temblorosas de ese chaval.

El padre se llevó a su hijo por el pescuezo, y X tuvo que abandonar la comisaría con rapidez para no verse implicado en un asunto que, al fin y al cabo, no era de su incumbencia.

Al día siguiente, mientras desayunaba y leía El Caso se le congeló el alma al leer: “Un matrimonio y su hijo de diez años aparecen muertos en su casa. Se sospecha que ha sido un intento de atraco”. La mirada del rostro que aparecía en la fotografía era la misma, era ese crío al que nadie creyó. Se le inoculó en el alma como una daga, parecía mirarle desde la fotografía y recordarle: “Lo ves, te dije que no me creerían”. Corrían los años sesenta y “la escasa delincuencia que había por aquellos entonces, en España, acostumbraba a cebarse con las familias de bien”, añadía el periodista.

X nunca volvió a ser el mismo, se atrincheró en su casa, salía únicamente para trabajar y, de regreso a su escondrijo, compraba el avituallamiento que iba a necesitar. Murió, en extrañas circunstancias, al cabo de un año. “Un empleado ejemplar de telefónica víctima de esa bazofia de delincuentes comunes de la época”, según se notificó en El caso.

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