El humano: el ser que siempre espera.

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Fuente de la imagen: https://www.conmishijos.com/actividades-para-ninos/cuentos/cuento-corto-de-la-caja-de-pandora-mitologia-griega-para-ninos/

Si desde los antiguos, por ejemplo, con Platón, los humanos han buscado comprender el mundo, es porque este no se muestra ni evidente como tal ni, excediendo lo epistemológico, tan soportable como desearíamos.  Habitar un terreno árido, pleno de contiendas sin entender por qué y para qué ha constituido, quizás, uno de lo problemas más acuciantes para el hombre.

Así desde lo que hoy denominamos presocráticos hasta los albores de la modernidad una preocupación ardiente e implícita ha sido siempre la del sentido; o dicho en otros términos la de hallar un fundamento de cuanto hay, que pueda dar cuenta de su naturaleza y su propósito.

En este sentido, la concepción platónica de que el mundo es una apariencia no auténtica de lo real, y que aspirar al conocimiento de la realidad es un proceso dialéctico que nos acerca al súmmum que son el bien y la belleza, y por ende, a la felicidad, ha constituido uno de los paradigmas más arraigados en la mente de los humanos —seamos o no conscientes—. La esperanza a la que recurrimos en momentos trágicos no es más que la convicción de que existe algo mejor que puede ser realizado, algo tan ansiado y deseado, por la purga que implica existir, que acabamos idealizando. Es decir, la esperanza es netamente griega y platónica y posteriormente cristiana.

La mitología griega explica el origen de la esperanza a través del mito de la caja de Pandora. Según cuenta la historia, Zeus, luego de que Prometeo le robara el fuego para dárselo a los hombres, se enfureció y regaló a Pandora, mujer del hermano de Prometeo, una caja donde estaban encerrados todos los males del mundo. Pandora, con una curiosidad innata infundida por los dioses, abrió la caja para ver su contenido y todos los males fueron liberados, pero la cerró rápidamente, quedando dentro únicamente la Esperanza.[1]Es decir, esta quedó diferenciada de los males del mundo y por ello aquella que nos permite anhelar lo bueno, lo mejor. De hecho, la mitología romana adapta el mito griego añadiendo que Pandora deja escapar la esperanza para que consuele el corazón de los humanos azotados por los males liberados al abrir la caja.  El término etimológicamente se asocia a la raíz “spe”, expandirse, tener éxitoo más literalmente, el pie que nos permite caminar y continuar la andadura, sea como sea.

En esta tradición, la concepción platónica de que la existencia es un reflejo degradado de lo auténtico, mera apariencia e ilusión y que la auténtica realidad, inalcanzable mientras nuestras almas estén prisioneras de los cuerpos existentes materiales. Mas, muerto el cuerpo nos iluminará de pleno la luz, el auténtico ser y el alma será capaz de apercibirse que el bien es lo bello, lo bello es lo bueno, y que esta unidad es a la que aspiramos, anhelamos y esperamos desde que habitamos el mundo de lo sensible y engañoso.

De esta forma, la esperanza es lo que sostiene a los hombres y el amor al saber lo que los impulsa en su búsqueda incansable.

Hay muchos momentos a lo largo de la vida en la que lo único que nos resta es esperar que todo mejore, ya que habiendo hecho cuanto estaba en nuestras manos necesitamos creer que todo mejorará. Sin esperar nada, no queda nada en nuestro interior.

Esta nada que no puede ser ni fundamento ni sentido de la existencia es lo que Nietzsche desvela con la consabida “muerte de Dios”. La cultura occidental se nihiliza al constatar que aquello en lo que se había basado y edificado es una falsedad fruto del cristianismo. Dios muere porque el hombre se apercibe de que carece de consistencia y que ha sido un referente para mantener en tinieblas a los hombres y someterlos por parte de los que se han inventado esas mentiras.

Pero paradójicamente, y aunque la modernidad haya sido la culminación de esa secularización que ha derivado en el nihilismo, si hacemos un esfuerzo de introspección, la mayoría de los humanos en un recodo oscuro, por no visible, de su mente recurre a menudo a esos ideales y esperanzas platónica desde el momento en que lucha por un mundo mejor, la eliminación de las injusticias, la equidad. Si ciertamente creyéramos que lo que hay es la nada, menos serían los que coherentemente y por convicción intentarían cambiar este mundo. De hecho, Nietzsche no pretendió cambiar el mundo, si no hacer renacer un humano que hubiese superado al anterior esclavizado, débil y atemorizado. Su única arma él mismo, su fortaleza, su voluntad de poder y su convicción de que muerto Dios, el hombre debía erigirse en su propio dios, y por ello llevar a cabo una transvaloración que permitiera la manifestación y expresión de su aspecto dionisiaco: pasiones, pulsiones, baile, alegría que nos hagan querer la vida, también con todo el dolor que implica, pero habiendo superado la fragilidad del humano hijo de la cultura platónico-cristina, ser capaces de sostener ese dolor como un eterno retorno, una afirmación del instante porque es la auténtica manera de afirmar la vida —sea este de la condición que sea—.

Sin embargo, de la misma manera que el humano —al margen de lo que pueda pensar Nietzsche— ni puede querer ser cristiano, porque es elegir una vida de pobre, ni quiere la nada. Los humanos seguimos siendo contradictorios, incoherentes y nuestra humanidad nos limita, tanto en vistas a la santidad, como ante la perspectiva de ser Dionisos. En esta línea Josep Mª Esquirol destaca que: El yo afectado es más primordial que el yo que dispone y proyecta. Algo nos pasa —y nos rebasa—, y respondemos: esta es la estructura fundamental de la subjetividad. [2] Siendo esta condición reactiva, más propia de lo que nietzscheanamente sería la moral de los esclavos, ni podemos querer ser mártires, porque nuestra reacción es o de sometimiento o de defensa, ni podemos querer ser esa figura de un dios que hallamos tan alejada de nuestra capacidad y potencia.

Concluyendo, no hay sujeto –subjectum– sin aceptación de la condición humana, como dialéctica nunca conclusa entre nuestra fragilidad y nuestro poder querer; un individuo que se forja entre el dolor y el placer pero que necesita de la esperanza para no abandonar su anhelo de ser alguien, un yo paradójico que se asume como tal.


[1] https://www.significados.com/esperanza/

[2] Esquirol, J.M. Humano, más humano. Una antropología de la herida infinita. Editorial Acantilado. Barcelona 2021. Pg. 55.

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