Se otorga la eternidad a quien deja una prosa mágica como legado. Y mágica no por su barroquismo ornamental, sino por la rara habilidad de ser en palabras la encarnación de una diversidad de vidas. Quizás, siempre fue el poeta el único testigo fiel de lo acontecido.
Autor: Ana de Lacalle
Enhebramos agujas con hilos que no suturan y así se deshilvanan propósitos que devienen conatos vanos, y solo bajo la genuina determinación de la voluntad, los fracasos –si los hay- son efectos inevitables.
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Vagabundeando por una urbe, nada desangelada, nos internamos sinuosamente entre los unos y los otros, perdiendo la mismidad, que nos apresuramos a restablecer huyendo del gentío hacia la cueva sagrada de nuestra identidad.
Tras la metafórica “muerte de Dios” anunciada por Nietzsche, se fue materializando lo que ya previó tiempo atrás su admirado Dostoievski, que “si Dios no existe, todo está permitido”. Sea por defunción de una falacia, o por no ser nada en sí, lo cierto es que la carencia de un ente supremo que regule, limite
Si a quien reconstruye su vivir, o lo inicia como tal con conciencia, le mostramos las ruinas huecas de las que parte, en crudo, estamos evidenciando la difícil tarea de vivir, habiendo estado casi muerto. Es algo así como invitarle a masticar su miseria para que tras la indigestión resurja vívido negando un pasado que
Quien se percibe ínfimo, necesita clamar su propio menosprecio para que otros, abrumados por la crueldad auto-infringida que observan, acudan a rescatarlo de sí mismo –ese juez sin piedad, ni compasión que lo condena al vacío-
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No somos exactamente quien queremos, sino quien podemos. Este es el auténtico «principio de realidad».
Los impostores acaban zancadilleados por sus propias mentiras, ante la tremenda dificultad de sostener una apariencia sin ninguna sustancialidad.