Percibir el sosiego de otro, casi propio, estimula el descanso anhelado en el diván de la conciencia.
Autor: Ana de Lacalle
Un dragón de dos cabezas que, tras robarte la sombra, exhala su aliento en tu nuca. Cada morra un eco sarcástico y añejo, que porfiadamente y sin opción a réplica, en macho y en hembra, escupen un destino, fraguado entre ambos para ti. Hoy, en la ambigüedad de todos los umbrales, reaparecen para recordarte quién
Si un gobernante incumple públicamente las leyes y el poder judicial no actúa ¿cómo exigir a ningún ciudadano a que se someta a ley alguna? Cierto es que son muchos los que las incumplen pero en cuanto no lo hacen en ostentación de su cargo público y en sesión parlamentaria ante los ojos de todo
Un pueblo reactivo está, por naturaleza, vivo solo en la derrota, por ello busca desesperadamente las condiciones que favorezcan su existencia y su posibilidad de ser: la víctima perfecta. Por el contrario, cuando debe actuar por sí mismo, enhebrando su propio camino, más allá de un sí como doble negación, se despliega un llano vacío
Todo proceso vívido padece fases espasmódicas que exigen, casi, el retorno al punto de partida. Ahí, en ese súbito cúmulo de tribulaciones, surgen los héroes internos que surfean entre las contracciones musculares para erigirse y empoderarse de sí mismo, aunque todo se muestre fluctuante. Lo vívido es el motivo necesario para no decaer.
Caemos en la tentación de todo cuanto excita nuestros apetitos, especialmente si nos hallamos huérfanos de algo que estimule la aprehensión de algún sentido o razón de todo esto.
En ocasiones, queremos compartir y expresar lo inefable, rebelándonos contra la evidencia de la propia soledad.
Los grandes demagogos, como líderes populares, han derivado siempre en decepcionantes farsantes.
La inercia de acortar los espacios, para hallar seguridades, nos atrapa en laberintos irresolubles.
Un infinito mar al frente, como preludio de la eterna búsqueda de lo que carecemos, y que no identificamos. Espuma burbujeante de llantos sin objeto, como ese mar que ondea necesariamente sin porqué. Riesgo supino de los que vacilantes se adentran en las aguas del sin sentido, embrujados por esa aparente calma del mar de