Los pliegues de la piel amagan experiencias que haciéndose incisivos delinean un rostro propio. Cada concavidad una caída y cada convexidad un resurgir de las cenizas; finalmente una expresión facial con idiosincrasia, que delata la proporción de vida contenida en la existencia.
Categoría: Anagramas
No sabemos más que languidecer ante el absurdo acontecer que muta abruptamente, sin que logremos hallar una explicación atinada. Acabamos siendo títeres sometidos a una espiral que nos centrifuga el sentido. Así, es harto difícil reponerse y tensar los hilos para que todo devenga una linealidad comprensible.
Todo relato se forja con la intención de legitimar un modo de hacer y actuar, y presentado como verídico ejerce un poder de manipulación mental del que cada cual debe protegerse. La infinidad de discursos se producen, de facto, pero la responsabilidad del patrón asumido es de cada individuo.
El adolescente, el que adolece, no percibe lo recibido, porque su estar solo le permite detectar la carencia. Solo cuando, contemplándose en el espejo, vea su proyección enriquecida, sea capaz de rebuscar de dónde obtuvo tales dádivas y dones.
Vinimos a existir, como individuo singular, por un azar caprichoso, y hallándonos, sin voluntad propia, en esta ciénaga sombría nos exigimos subsistir por imperativo natural. Pero la conciencia, como una madrastra cínica, nos impele a que el existir sea vívido, con un sentido o propósito. De lo contrario, pocos podrán sustraerse de la succión pantanosa
Ser madre, no solo es amar irremediablemente, sino recibir el querer más genuino y espontáneo que puede ser entregado. Cierto es que nunca dejamos de ser madres, y por ello debemos asumir que la manera de ser hijos cambia, porque su necesaria y deseable autonomía nos convierte en personas amadas pero prescindibles. Y esto, que
En los aledaños de la insensibilidad se han instalado efigies de mármol, que en su naturaleza de imagen representan el frío cálculo de quienes abordan los asuntos humanos con rigidez normativa. Sin posibilidad, por epidérmicos, de interpretar el espíritu de las leyes –como destacaba Montesquieu- aplicándolas mecánicamente como robots avanzados (¿?). Así, parece que el
En un mundo deshumanizado, sin horizonte, no caben criterios de decisión, porque donde no hay perspectiva querida no pueden establecerse pautas que orienten en sentido alguno. No se trata en absoluto de imponer ni un fin, ni el medio pertinente; pero sí de consensuar lo humano, lo que humaniza, como objetivo y criterio común.
Titubeamos en los juicios de la propia historia, indecisos, confusos; pero cuando los que nos siguen se sienten pletóricos, se extiende un reconocimiento benévolo sobre nuestro hacer, ser y tenacidad en la existencia.
La crítica al desolador panorama político se neutraliza siempre con la estrategia de la identificación. Nada se deja decir desde una perspectiva algo objetiva, porque se apresuran unos y otros a desmerecer lo enjuiciado como tendencioso y malévolo. Tal vez, sea así, pero en tal caso se está evidenciando el final de la política.