La disposición con la que un individuo se sitúa ante la existencia, condiciona cómo los acontecimientos, más o menos previsibles o azarosos, devienen un infierno o una oportunidad casi salvífica. Un hecho puede precipitar el hundimiento y un final truculento, o bien mutarse en la ocasión de realizar anhelos, siempre pendientes; eso sí, con un
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Contemplando, desde una atalaya que nos abstraiga, la travesía vital obtenemos la verificación de que está azotada de oleajes inevitables y de que nada podemos hacer contra lo que acontece; pero, tal vez, sí percibimos giros de timón errados, abandonos del control en momentos de desidia, que en absoluto han contribuido a reorientar esa travesía
Aguardamos instantes excepcionales y atípicos para que resurja la pasión, el entusiasmo, el frenesí, en un discreto intento de depositar el arrebato de vivir intensamente en lo que acontece. Pero, aun cuando lo externo nos reconforta con una apacible dotación benévola, es la forma en la que filtramos subjetivamente lo sucedido lo que concede un
Sin voluntad alguna de hacer un análisis psicopatológico, para el que no estoy cualificada, discurría como fruto de esa mirada filosófica con la que mi mente filtra lo que le rodea, que la paranoia persecutoria –psicosis en determinados casos- es una forma algo masoquista de gestionar la relación con el mundo. El paranoico se convence
No sabemos más que languidecer ante el absurdo acontecer que muta abruptamente, sin que logremos hallar una explicación atinada. Acabamos siendo títeres sometidos a una espiral que nos centrifuga el sentido. Así, es harto difícil reponerse y tensar los hilos para que todo devenga una linealidad comprensible.
No hay otra forma de vivir que bajo el influjo de lo que nos sucede. Aceptando esta premisa, ante cada zarpazo debemos llorar hasta secarnos, pero una vez vaciados, solo resta la digna reacción de la lucha, cuya fuerza quizás eleve nuestra voluntad y querer más allá del acontecer.
Saturados y sin capacidad de metabolizar la cantidad e intensidad del acontecer, restamos en esa vorágine sin posibilidad de reacción, ni claridad de conciencia, ni cuerpo móvil que manifieste la extenuación. Somos sujetos agentes y pacientes de un mundo sin resortes en el que el suceder –su multiplicidad y constancia volátil- es el recurso para
Revoleteo de mariposas sin alas, ríos crecientes sin agua. El acontecer cambiando la apariencia de cuanto conocíamos de la naturaleza, es altamente impactante. No es así con lo humano, suceda lo que sea disponemos de justificación.
Desmenuzar el tiempo como si, compuesto de átomos, pudiésemos recomponer algún acontecer es una ideación delirante, propia de quien ya no dispone de la percepción fina del transcurrir ni el devenir de las cosas y los hechos.